miércoles, 14 de noviembre de 2012


LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.


I

Una de las obras de crítica historiográfica que más ha influido en el desarrollo de las nuevas generaciones de historiadores – y educadores en el área de Historia - luego de 1989 ha sido la obra Historia: análisis del pasado y proyecto social del historiador español Josep Fontana.
Con un estilo incisivo y provocador –tanto en el carácter didáctico de su discurso como en las elocuentes referencias críticas y en algunos casos burlescas y peyorativas a los personajes y corrientes que estudia- este autor pretende demostrar, basándose en una revisión pormenorizada de historiadores específicos, el carácter político que en esencia (y no como rasgo accidental) posee la Historia enseñada a las masas. Se dice Político, pues Fontana sostiene que todo sistema de conocimiento histórico abordará el presente de manera que logre explicar el “sistema de relaciones que existen entre los hombres” logrando “justificarlas y racionalizarlas” a fin de obtener “una proyección hacia el futuro: un proyecto social que se expresa en una propuesta política”.[1]
En efecto, la obra de Fontana está direccionada a demostrar que todos los historiadores que han elaborado una visión global de la historia, esto es, de un  sistema de valoración del pasado, han justificado (de manera consciente o inconsciente) el presente. Esta visión de la historia como arma de ideologización de los pueblos y de legitimación de las condiciones sociales, políticas y económicas presentes es característica del materialismo histórico con el cual se identifica el autor. Y es que, en efecto, la obra de Fontana se debe entender como la formulación teórica que realiza el marxismo crítico sobre la razón política de la historia con el fin de denunciar las patéticas ínfulas de asepsia cientificista que enarbolan las escuelas historiográficas burguesas que pretenden separar el conocimiento histórico de las motivaciones políticas invocando una pretendida objetividad en los análisis e interpretaciones de la historia.


[1] Fontana, Josep. Historia: análisis del pasado y proyecto social. Barcelona. Editorial Crítica. 1999. Pág. 10

Cultura Caribe

Las belicosas tribus Caribes que dejaron honda huella en los anales españoles por la ardua resistencia que sostuvieron durante la conquista, se extendían desde las riberas del Orinoco al sur, hasta las costas nororientales y centrales del litoral venezolano, incluyendo las islas de Coche, Cubagua y Margarita. Las evidencias más antiguas de los asentamientos Caribes se remontan al 6700 antes de Nuestra Era aproximadamente en el litoral de Paria en el Oriente del país. Estas tribus que concentraron una intensa migración proveniente del Bajo Orinoco desde los primeros siglos de  Nuestra Era utilizaban implementos líticos como hachas, azadas, manos cónicas de moler, entre otros. Este hecho indica que las tribus Caribe del Oriente venezolano habían domesticado desde muy temprano la yuca dulce o Manihot esculenta Crantz, hacia el 4600 a.N.E. aproximadamente.
Antes de continuar con la descripción de los fundamentos culturales-religiosos de las tribus Caribes se hace necesario puntualizar la existencia de varias fases culturales que aportaron diversos elementos a las etnias que poblaban los territorios de la Orinoquia-Amazonia, el Noreste y el litoral centro-oriental de la actual república de Venezuela al momento del contacto con los españoles.  A saber:
1.    Grupos cazadores recolectores del interior que habitaban el territorio que se extiende desde Río Grande do Sul hasta Guyana, ubicados tentativamente entre 14.240 – 7.070 a.C.
2.    Grupos de economía de caza, pesca y recolección marina.
3.    Sociedad arcaica caracterizada por una intensificación del sedentarismo, la agricultura, caza, pesca y recolección marina, riparia y terrestre.
4.    Sociedades plenamente agroalfareras.
Esta evolución tecnológica se basó principalmente en el cultivo de la yuca en sus dos modalidades (dulce y amarga) y en el posterior desarrollo de una industria que tuvo como principal logro la invención del cazabe y de su método de confección, lo que significó la conservación de alimentos calóricamente ricos y una posible comercialización de los mismos. Es decir, que a pesar del ambiente selvático, tan agreste para las grandes plantaciones vegecultoras, el desarrollo del cultivo de la yuca fue decisivo en la expansión de la cultura Caribe por todo el Noreste suramericano.
En este sentido, no debe sorprender que entre las tribus amazónico-orinocenses, de las cuales los Caribes eran la dominante, el dios supremo por excelencia estuviese vinculado a la tierra fecunda, también llamado Buen Principio Kachimána, o Yuruparí, el Regente de las cosechas.
El culto a esta divinidad se llevaba a cabo a través de la representación teatral de la fertilización de la tierra por el Espíritu, en danzas de flagelación, organizadas en seis grandes festividades llamadas NDAUKÚRI correspondientes a la recolección de los frutos silvestres.
  Iniciaban con un ayuno, luego unas danzas con máscaras imitando a los animales totémicos y terminaba con una orgía general en la que participaban especialmente los jóvenes púberes como ritual oficial de madurez.
El propósito de esta orgía desenfrenada era la representación mística de la cópula de la tierra con el dios de la fecundidad, quien, al igual que los hombres y jóvenes primerizos vertía su fuerza vital, su semen, en tierra para fecundarla y mantener próspero el universo.
Otra lectura que se le ha dado a las orgías rituales de las tribus caribes está en la conmemoración de una antigua leyenda relacionada con el mito de Yuruparí, y dividido en varias “estaciones”:
1.    Nacimiento milagroso de Yuruparí
2.    Crecimiento en Sabiduría
3.    La reunión por Yuruparí, de los futuros adeptos a su pensamiento
4.    Enseñanza oral de su Código Moral
5.    Yuruparí devora a los niños transgresores del ayuno (Código Moral)
6.    Incineración de Yuruparí por los parientes de las víctimas
7.    Nacimiento de dos palmeras que contienen el alma de Yuruparí
8.    Resurrección del dios y ascensión al cielo por el tronco de las palmeras
9.    Invocación al dios establecido en su cielo propio
10. Descenso del dios en la persona del piache
11. Danzas, libaciones y orgía carnal en acción de gracias al dios y la correspondiente fecundación mimética de la Naturaleza.
Como se ve, la relación que establece el caribe con el acto sexual es de ritual agradable ante los ojos de sus dioses, dioses estos de doble naturaleza, o mejor dicho, embuídos en la misma naturaleza de la selva y del universo: bondadosos pero peligrosos, dignos de admiración pero también de profundo terror,  vacilantes entre la misericordia y la aniquilación.
De esta manera, el dualismo ético-religioso occidental es totalmente inexistente en esta cultura. No hay dioses buenos y demonios malos, sino que ambas naturalezas se hallan inmersas en una sola, indisolublemente fusionada. El dios bondadoso tarde o temprano podría convertirse en la ruina de la tribu y el demonio desolador de la selva era a la vez el dulce genio de los bosques y protector de los animales.
Dentro de este conjunto cultural prevalecía un profundo carácter ético que en cierta forma determinaba las acciones de las tribus caribes; un sentimiento thanático  que imperaba en todas sus actividades. El caribe estaba enamorado de la muerte, dominado por un complejo destructor relacionado con el culto a la Sangre.
En este sentido, el thanatismo del caribe estaba fundamentado en un sentimiento de alegría en la muerte y una profunda creencia en la cualidad mágico-religiosa de la sangre derramada.
Este sentimiento no es único de los caribes. No se trata de una perversión humana o un instinto diabólico. La sangre como concepto psíquico y elemento biológico despierta en el ser humano, reacciones impresionantes. El cuerpo humano al oler la sangre se activa automáticamente, se vuelve atento a su entorno, sus sentidos se abren y los niveles de hormonas estimulantes aumentan considerablemente. Cuando la sangre de un ser vivo brota a borbotones, “una serie de emociones se sienten: temor, excitación, lujuria, piedad, el instinto de procreación, la idea de la rica exuberancia de la vida”. La sangre era, en conclusión, el fluido mágico, esencia vital que unía al hombre con el universo y con el resto de la Naturaleza. Su derramamiento no era más que la fertilización, la “bendición” de la tierra.
Sin embargo, no sólo se trataba del sentimiento biológico, psíquico y místico de la sangre derramada lo que movió a las tribus caribes a emprender verdaderas campañas desoladoras en buena parte del territorio suramericano. El ser humano, al igual que todos los seres vivos posee una fuerza vital que le viene dada desde su creación y que se recicla en la Naturaleza misma luego de su muerte. Esta fuerza vital es llamada por la antropología “maná” para relacionarla con el mismo concepto en diferentes culturas a nivel mundial.
El maná del hombre no puede enfrentarse solitariamente al terrible maná de la Naturaleza despiadada. Por ello se hace necesaria y obligatoria la convivencia de éste en una tribu, para formar un fuerte maná colectivo. Sin embargo, si uno de los miembros de la tribu es asesinado por un hombre de una tribu vecina, el maná de la víctima no vuelve al universo, sino que es absorbido por el asesino y por consiguiente, por su tribu de origen. Se hace imperativo entonces, devolver el maná perdido a la tribu y asesinar al victimario, sin importar si fue un homicidio o un accidente.
Para cumplir esta labor la cultura caribe creó la figura del Kanaimá, “el vengador de la sangre”, quien, revestido con las fuerzas violentas de la tribu, es capaz de destrozar con sus propias manos el cuerpo del homicida.
El Kanaimá posee diversas variantes dependiendo de la forma que tome para consumar su venganza. Por ejemplo, el Kanaimá-fiera es un hombre que durante la noche se transforma en jaguar y persigue el rastro de su presa, y la fiera-Kanaimá, es un brujo que decide tomar la forma permanente de una fiera carnívora hasta destruir a su objetivo.
En la realidad, el Kanaimá, a partir de un rito de consagración, tomaba para sí las fuerzas violentas de su grupo, y dominado por una ira inusual (en parte por la conciencia de su misión, y en parte por el efecto de los alucinógenos que consumía antes de emprender su cacería) partía de la tribu durante meses hasta dar con la muerte de su presa.
El asesino es perseguido inevitablemente por el Kanaimá, y nada ni nadie puede interrumpir su triste destino. Este castigo aplica tanto para el homicidio voluntario como para el involuntario, pues en el Código moral indígena todo homicidio es culposo, pues en el universo nada ocurre por accidente, sino por la voluntad expresa y tácita del poseedor de determinado maná.
En la adquisición del maná a través del asesinato es que se puede explicar el deseo sanguinario de los Caribes y su temperamento glorificador de la sangre derramada. 

Cultura Arawak

Los pueblos de cultura Arawak se extendieron en Venezuela entre los grandes grupos culturales de los Timoto-Cuicas al occidente y los Caribes al sur y oriente, ocupando la región llanera central y las vertientes internas de la Cordillera de la Costa. Esencialmente sedentario, el hombre Arawak estuvo dominado por complejos instintos creadores y modeladores que lo hacían gozarse en la permanencia de valores adquiridos.
Desde el 200 antes de Nuestra Era, los Arawak iniciaron el cultivo de maíz en las sabanas altas de los actuales estados Barinas y Portuguesa, al que posteriormente asociaron con el cultivo de la yuca amarga en un momento de auge económico que coincidió con el inició de un desarrollo tecnológico que trajo consigo la formación de aldeas más avanzadas, asociadas con obras de terracería, tales como montículos, calzadas, etc., que evidencian un notable aumento en complejidad tanto de la tecnología como de la estructura socio-política de aquellas etnias (Sanoja, 1981: 105; Antolinéz, 1971: 215).
En la cultura Arawak impera la figura femenina, es decir, la Naturaleza Madre, debido en parte a las facilidades para la agricultura.
Predomina el deseo de Seguridad Femenino, es decir, la Sangre sobre el Espíritu, la Magia sobre la Religión. La Magia a su vez se relaciona con el terror y la necesidad de controlar el Poder Fecundador de la Naturaleza. La relación mística agua-mujer-luna está presente en la cerámica y en  la ritualística.
La cultura Arawak se centra alrededor del misterio de la génesis humana, de la Mater Primordial. En sus expresiones plásticas y estatuísticas exagera el tamaño y apariencia de los órganos sexuales, pues los concibe como instrumentos para producir la Vida Primordial.
El Arawak exige exuberancia en sus figuras. Imprime el virtualismo exagerado de las formas y los cánones. Amante de la línea curva, de las formas ovoidales y del estilo “barroco” por decirlo de algún modo. Su cerámica y estatuística es naturalista, epicúrea, báquica-erótica y profundamente telúrica. Dadas sus condiciones de cultura matriarcal, la presencia de la mujer es constante. Rechazando el geometrismo, sus estatuillas son intensamente expresionistas, en donde se quiere manifestar la presencia poderosa de la vida vegetativa.
En este sentido, el Arawak utilizó el enterramiento a dos tiempos, que consistía en exponer el cadáver, por diferentes medios y diversos mecanismos que variaban en función de las diferentes tribus en que se utilizaba, a un proceso de descarnado de los huesos para luego guardar estos en grandes vasijas ovoidales (que representaban el vientre materno) que se enterraban luego en pequeñas colinas o cerritos (que representaban el vientre terrestre). Este rito es un reflejo de la cultura matriarcal de los Arawak.
O �  �/ p =MsoNormal style='margin-top:0cm;margin-right:-.05pt;margin-bottom: 0cm;margin-left:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align:justify;text-indent:35.4pt; line-height:150%'>Estas circunstancias se desarrollaban en el contexto de una sociedad agraria bastante avanzada tecnológicamente en comparación con las culturas caribes y Arawak del actual territorio venezolano.
En este sentido, los recientes estudios sobre el desarrollo de la agricultura en América han revelado el cultivo de la raza de maíz pollo por las tribus Timoto-Cuicas en la época pre-hispánica, lo que relacionaría a estos pueblos con las tribus agricultoras del noreste colombiano en una gran zona agrícola que abarcaría desde el sur de Centroamérica, el norte de Colombia y el occidente de Venezuela en lo que Sanoja y otros han convenido en llamar Zona de Semicultura Tardía (Sanoja 1981).
Al respecto, el citado autor sostiene:

“Es posible suponer que esta raza de maíz haya sido introducida desde Colombia hacia Venezuela, que la misma haya existido ya silvestre en el suroeste de Venezuela, o que hubiese sido introducida en ambas regiones a partir de un centro ubicado en el sur de centroamérica. En todo caso, el suroeste de Venezuela parece haber sido un centro importante del cultivo del Pollo, donde constituía, al parecer, el elemento dominante, visto la regularidad de su presencia en distintos sitios arqueológicos y la variada gama de ambientes y culturas donde se han hallado sus restos. ” (Sanoja, 1981: 104).

La introducción de este tipo de maíz en Venezuela podría fecharse hacia el 200 antes de Nuestra Era, ya que existe fuerte evidencia que éste pudo haber sido hibridado y domesticado hacia el 3100 antes de Nuestra Era en el sitio de lago Gatún en Panamá.
            Lo cierto es que el sistema productivo de las tribus Timoto-Cuicas se basó en una tardía semicultura que integraba elementos de una vegecultura tropical de altura.
Con respecto a la organización social, Briceño Valero afirma que entre estos pueblos se practicaba la  poligamia entre la clase sacerdotal y cacical, mientras que el pueblo llano ejercía la monogamia. Sin embargo, es importante señalar la institución monástica femenina en estas culturas. Estas vírgenes residían en edificios especialmente diseñados para sus labores, que se reducían al servicio religioso y al trabajo artesanal, cuando no eran llamadas al harén del cacique o del sacerdote.
Como se ha señalado anteriormente, la cultura Timoto-cuica era profundamente panteísta. Su divinidad por excelencia era el Chen o Ches, un ser espiritual misterioso, etéreo, distante y sobrecogedor. Divinidad aislada e inquietante, sin padre, hijos, hermanos, ni conyuge. Era asexual e inabordable. Jamás materializaba su presencia y su voluntad sólo podía ser conocida, una vez al año, mediante el éxtasis místico alcanzado por aquellos hombres con habilidades hipersensoriales llamados sacerdotes.
Ches era la expresión de la Fuerza Trascendente e Inmanente del universo. Un dios substractum que reunía las cualidades metafísicas de la geografía andina, es decir, de la sublimidad del abismo, la soberbia de las montañas y el silencio de los páramos. Base de todo conocimiento suprahumano, sin contacto ni presión sobre dioses secundarios. Era la quintaesencia de lo ininteligible, es decir, el misterio de lo misterioso.
Sin embargo, este extraño teluricismo de una cultura agraria como la andina, es inusual, más aún cuando se abandona intencionalmente a las divinidades báquicas, agrarias, por unas apolíneas, etéreas y místicas.
El Ches no compartía su naturaleza con ninguna otra deidad inferior. El resto del panteón andino se reducía a múltiples dioses trinos y hasta cuaternos representados en fetiches gorgónicos antropo y/o zoomorfos como el murciélago funerario Toutsú.
Sin embargo, todo este contenido mágico-religioso esconde una gran descarga afectiva que ha conmovido al hombre indígena. Éste cree firmemente en su participación metafísica en la esencia de todas las cosas y en la participación de todas las cosas en su propio ser. Esto se conoce como el Principio de mística participación o de Unión Interior, que establece una conexión co-esencial entre todos los seres.
A pesar de la enorme evidencia de actividad teísta en esta área cultural, muchos autores continúan identificando a los pueblos Timoto-cuicas como manistas, por el reiterado culto hacia sus muertos también llamados Kiskuyes o “señores de los páramos”, una relación que no oculta el teluricismo de estos pueblos y su visión evolutiva del ser místico y de la fertilidad del universo. Ser que nace de la fuerza fecundadora de la tierra, desde ella, oculto bajo ella, en su reflejo metafísico que es el vientre de la madre; que vive sobre ella y de ella a través del alimento que cultiva durante su vida, y que al morir vuelve a ella, al ser enterrado en túmulos de roca que conservan el cuerpo en un estado de semi-momificación debido a las condiciones climáticas, y que finalmente se eleva ante ella transformado en gloriosas montañas y páramos. Convertido finalmente en una deidad ctónica.  Esta elevación hacia lo apolíneo identifica también los valores místicos vinculados a la divinidad celestial.
El hombre andino vivía en preparación para su deificación, y en cierto sentido, la vida y la muerte no tenían otra interpretación que el servicio y la gloria. De esta forma el muerto, el dios y la piedra están presentes en todas sus actividades y en los fenómenos lingüísticos polisémicos que atribuían varios conceptos a una misma palabra.
En este sentido, la divinidad telúrica fecundante e inmanente de la Naturaleza, moría anualmente, por lo que los pueblos devotos se reunían en una comunión mística a fin de contribuir con la resurrección de su Señor. Esta contribución constituía el punto esencial del rito teísta, en donde el creyente hacía sacrificios de sangre (sacrificios humanos) para que a partir de ella, de la sangre derramada, el dios pudiese resucitar.
Pero también dicha comunión mística se realizaba en actos menos sangrientos como lo era la ingesta ritual de alimentos: el dios muere en el último grano de maíz, y resucita después de triturado y hecho pan, en la carne y sangre de quien lo consume.
Por lo anteriormente expuesto, no debe sorprender la relativamente rápida asimilación de los fundamentos cristianos a la cultura andina. Pues la cultura Timoto-cuica está dominada por el deseo de Salvación masculino, es decir, del Espíritu sobre la Sangre, de la Religión sobre la Magia. Eminentemente masculina, radicalmente patriarcal y viril.
            Al respecto, Antolinéz nos amplía:
“En el duelo sexual de las culturas complejas, la Mujer, la Mater, es la Sangre, la Materia Primordial. El Hombre, el Pater, el Totem, el Espíritu. Al duelo entre Sangre y Espíritu corresponde la lucha entre los nexos familiares biológicos contra los grupos religiosos espirituales representados por el ligamen totémico; entre la Magia y la Religión; entre el deseo de Seguridad Femenino y el deseo de Salvación Masculino. La Magia acalla el terror y exalta el impulso de potencia, puesto que es ya una técnica de dominación; la Religión aplaca la angustia del hombre ante una fuerza trascendente sobrenatural, única fuente para saciar el deseo de salvación del grupo” (Antolinéz, 1972)

Los Timoto-cuicas aborrecían la representación del impulso telúrico. Toda génesis está manchada de impureza y horror. Negando la matriz terrestre de toda vida y sustituyéndola por la naturaleza apolínea. No hay mayor evidencia de esto que el status de la diosa Chía en el panteón andino: una mujer desvergonzada, ebria y terriblemente cruel, representación de los más bajos instintos telúricos, sensual pero eficazmente mortal. Interesantemente Chía es la diosa de la luna, relación mística en todos los pueblos “primitivos” con la Materia Primordial, relación entre agua-luna-mujer.
A todas estas, las representaciones artísticas de los Timoto-cuicas reflejan de igual manera el contenido ideológico de su cultura.
Predomina en la lítica y en la cerámica los temas funerarios con usos evidentemente rituales, con abundancia de figuras con la imagen del murciélago Toutsú, dios de las tinieblas y los muertos; y la figura de la mariposa polilla o “pavón de noche” imagen del mal agüero.
Su arte fue ideoplástico e idealista con dominancia de la línea recta símbolo de la virilidad patriarcal, como también por las figuras cúbicas y el tallado lítico. Por su parte la cerámica, que en la mayoría de los casos es monocromática, tiende al uso de la línea curva y de las figuras ovaladas. 

                                     Cultura Timoto-cuica

Ubicados en la Cordillera de los Andes, al occidente de Venezuela, entre los fértiles valles que desde tiempos inmemoriales atrajeron a grandes oleadas de cazadores-recolectores, los Timoto-Cuicas (desaparecidos como etnia pero presentes en el profundo mestizaje de la población andino-venezolana)  poseen  una de las más ricas tradiciones representativo-religiosas y valorativas por haber alcanzado en su estadio pre-hispánico una condición social profundamente panteísta que asimiló relativamente rápido la religión cristiana, debido principalmente a las siguientes circunstancias:
1.    Presencia en su idioma de una misma palabra para identificar varios conceptos, como por ejemplo la palabra Kchuta que identificaba al mismo tiempo al dios cristiano Jesucristo, al templo cristiano de piedra, a la semana de siete días y al día domingo, todas ellas relacionadas con la nueva religión de los conquistadores.
2.     La Divinidad se manifestaba únicamente en el templo presidido por su agente: el sacerdote, quien controlaba el tratamiento de las enfermedades, el tiempo atmosférico y el culto religioso en el templo.
3.    Culto hacia los antepasados en un nivel superior al manismo propiamente definido.
4.    Exigencia de la Virgo Intacta para la mujer antes del matrimonio. 
Estas circunstancias se desarrollaban en el contexto de una sociedad agraria bastante avanzada tecnológicamente en comparación con las culturas caribes y Arawak del actual territorio venezolano.
En este sentido, los recientes estudios sobre el desarrollo de la agricultura en América han revelado el cultivo de la raza de maíz pollo por las tribus Timoto-Cuicas en la época pre-hispánica, lo que relacionaría a estos pueblos con las tribus agricultoras del noreste colombiano en una gran zona agrícola que abarcaría desde el sur de Centroamérica, el norte de Colombia y el occidente de Venezuela en lo que Sanoja y otros han convenido en llamar Zona de Semicultura Tardía (Sanoja 1981).
Al respecto, el citado autor sostiene:

“Es posible suponer que esta raza de maíz haya sido introducida desde Colombia hacia Venezuela, que la misma haya existido ya silvestre en el suroeste de Venezuela, o que hubiese sido introducida en ambas regiones a partir de un centro ubicado en el sur de centroamérica. En todo caso, el suroeste de Venezuela parece haber sido un centro importante del cultivo del Pollo, donde constituía, al parecer, el elemento dominante, visto la regularidad de su presencia en distintos sitios arqueológicos y la variada gama de ambientes y culturas donde se han hallado sus restos. ” (Sanoja, 1981: 104).

La introducción de este tipo de maíz en Venezuela podría fecharse hacia el 200 antes de Nuestra Era, ya que existe fuerte evidencia que éste pudo haber sido hibridado y domesticado hacia el 3100 antes de Nuestra Era en el sitio de lago Gatún en Panamá.
            Lo cierto es que el sistema productivo de las tribus Timoto-Cuicas se basó en una tardía semicultura que integraba elementos de una vegecultura tropical de altura.
Con respecto a la organización social, Briceño Valero afirma que entre estos pueblos se practicaba la  poligamia entre la clase sacerdotal y cacical, mientras que el pueblo llano ejercía la monogamia. Sin embargo, es importante señalar la institución monástica femenina en estas culturas. Estas vírgenes residían en edificios especialmente diseñados para sus labores, que se reducían al servicio religioso y al trabajo artesanal, cuando no eran llamadas al harén del cacique o del sacerdote.
Como se ha señalado anteriormente, la cultura Timoto-cuica era profundamente panteísta. Su divinidad por excelencia era el Chen o Ches, un ser espiritual misterioso, etéreo, distante y sobrecogedor. Divinidad aislada e inquietante, sin padre, hijos, hermanos, ni conyuge. Era asexual e inabordable. Jamás materializaba su presencia y su voluntad sólo podía ser conocida, una vez al año, mediante el éxtasis místico alcanzado por aquellos hombres con habilidades hipersensoriales llamados sacerdotes.
Ches era la expresión de la Fuerza Trascendente e Inmanente del universo. Un dios substractum que reunía las cualidades metafísicas de la geografía andina, es decir, de la sublimidad del abismo, la soberbia de las montañas y el silencio de los páramos. Base de todo conocimiento suprahumano, sin contacto ni presión sobre dioses secundarios. Era la quintaesencia de lo ininteligible, es decir, el misterio de lo misterioso.
Sin embargo, este extraño teluricismo de una cultura agraria como la andina, es inusual, más aún cuando se abandona intencionalmente a las divinidades báquicas, agrarias, por unas apolíneas, etéreas y místicas.
El Ches no compartía su naturaleza con ninguna otra deidad inferior. El resto del panteón andino se reducía a múltiples dioses trinos y hasta cuaternos representados en fetiches gorgónicos antropo y/o zoomorfos como el murciélago funerario Toutsú.
Sin embargo, todo este contenido mágico-religioso esconde una gran descarga afectiva que ha conmovido al hombre indígena. Éste cree firmemente en su participación metafísica en la esencia de todas las cosas y en la participación de todas las cosas en su propio ser. Esto se conoce como el Principio de mística participación o de Unión Interior, que establece una conexión co-esencial entre todos los seres.
A pesar de la enorme evidencia de actividad teísta en esta área cultural, muchos autores continúan identificando a los pueblos Timoto-cuicas como manistas, por el reiterado culto hacia sus muertos también llamados Kiskuyes o “señores de los páramos”, una relación que no oculta el teluricismo de estos pueblos y su visión evolutiva del ser místico y de la fertilidad del universo. Ser que nace de la fuerza fecundadora de la tierra, desde ella, oculto bajo ella, en su reflejo metafísico que es el vientre de la madre; que vive sobre ella y de ella a través del alimento que cultiva durante su vida, y que al morir vuelve a ella, al ser enterrado en túmulos de roca que conservan el cuerpo en un estado de semi-momificación debido a las condiciones climáticas, y que finalmente se eleva ante ella transformado en gloriosas montañas y páramos. Convertido finalmente en una deidad ctónica.  Esta elevación hacia lo apolíneo identifica también los valores místicos vinculados a la divinidad celestial.
El hombre andino vivía en preparación para su deificación, y en cierto sentido, la vida y la muerte no tenían otra interpretación que el servicio y la gloria. De esta forma el muerto, el dios y la piedra están presentes en todas sus actividades y en los fenómenos lingüísticos polisémicos que atribuían varios conceptos a una misma palabra.
En este sentido, la divinidad telúrica fecundante e inmanente de la Naturaleza, moría anualmente, por lo que los pueblos devotos se reunían en una comunión mística a fin de contribuir con la resurrección de su Señor. Esta contribución constituía el punto esencial del rito teísta, en donde el creyente hacía sacrificios de sangre (sacrificios humanos) para que a partir de ella, de la sangre derramada, el dios pudiese resucitar.
Pero también dicha comunión mística se realizaba en actos menos sangrientos como lo era la ingesta ritual de alimentos: el dios muere en el último grano de maíz, y resucita después de triturado y hecho pan, en la carne y sangre de quien lo consume.
Por lo anteriormente expuesto, no debe sorprender la relativamente rápida asimilación de los fundamentos cristianos a la cultura andina. Pues la cultura Timoto-cuica está dominada por el deseo de Salvación masculino, es decir, del Espíritu sobre la Sangre, de la Religión sobre la Magia. Eminentemente masculina, radicalmente patriarcal y viril.
            Al respecto, Antolinéz nos amplía:
“En el duelo sexual de las culturas complejas, la Mujer, la Mater, es la Sangre, la Materia Primordial. El Hombre, el Pater, el Totem, el Espíritu. Al duelo entre Sangre y Espíritu corresponde la lucha entre los nexos familiares biológicos contra los grupos religiosos espirituales representados por el ligamen totémico; entre la Magia y la Religión; entre el deseo de Seguridad Femenino y el deseo de Salvación Masculino. La Magia acalla el terror y exalta el impulso de potencia, puesto que es ya una técnica de dominación; la Religión aplaca la angustia del hombre ante una fuerza trascendente sobrenatural, única fuente para saciar el deseo de salvación del grupo” (Antolinéz, 1972)

Los Timoto-cuicas aborrecían la representación del impulso telúrico. Toda génesis está manchada de impureza y horror. Negando la matriz terrestre de toda vida y sustituyéndola por la naturaleza apolínea. No hay mayor evidencia de esto que el status de la diosa Chía en el panteón andino: una mujer desvergonzada, ebria y terriblemente cruel, representación de los más bajos instintos telúricos, sensual pero eficazmente mortal. Interesantemente Chía es la diosa de la luna, relación mística en todos los pueblos “primitivos” con la Materia Primordial, relación entre agua-luna-mujer.
A todas estas, las representaciones artísticas de los Timoto-cuicas reflejan de igual manera el contenido ideológico de su cultura.
Predomina en la lítica y en la cerámica los temas funerarios con usos evidentemente rituales, con abundancia de figuras con la imagen del murciélago Toutsú, dios de las tinieblas y los muertos; y la figura de la mariposa polilla o “pavón de noche” imagen del mal agüero.
Su arte fue ideoplástico e idealista con dominancia de la línea recta símbolo de la virilidad patriarcal, como también por las figuras cúbicas y el tallado lítico. Por su parte la cerámica, que en la mayoría de los casos es monocromática, tiende al uso de la línea curva y de las figuras ovaladas. 

LOS GRANDES GRUPOS CULTURALES AMERINDIOS EN EL ACTUAL TERRITORIO VENEZOLANO DURANTE LA ÉPOCA PREHISPÁNICA

  El actual territorio venezolano, ubicado al norte de sur-América, fue poblado desde remotos tiempos por tribus errantes de cazadores recolectores que pudieron atravesar el continente desde la América del Norte  a través del “infierno verde” del Darién o bien, tal como sostienen algunas teorías, a través de un puente terrestre en las Antillas debido al descenso del nivel del mar a finales del Pleistoceno. Lo cierto es que los yacimientos de actividad humana  más antiguos arrojan una antigüedad de unos 15.000 años antes de Nuestra Era (Taima-Taima y Complejo “El Jobo”). En cualquier caso es evidente la relación que desde tempranas edades hubo entre las etnias asentadas en el actual territorio venezolano y aquellas que los habían hecho en el actual territorio colombiano y brasileño.
Estas tribus de cazadores recolectores se concentraron especialmente en las costas marinas y fluviales como los márgenes del Lago de Maracaibo, el litoral central y la confluencia de los ríos Apure y Orinoco. Su actividad cultural y religiosa no se conoce con exactitud debido a su extinción temprana primero a manos de los grandes grupos culturales como los Caribes, los Timoto-cuicas y los Arawak, además de la adopción de la vegecultura en el transcurso de sus relaciones comerciales con los citados pueblos.
Sin embargo, para los fines de este estudio se tomarán a los tres grandes grupos culturales clásicamente definidos (Cruxent, Acosta Saignes y otros) por los abundantes estudios que sobre su estructura socio-económica se han escrito para lograr abordar su estructura cultural y religiosa. A saber, los Timoto-Cuicas, los Arawak y los Karib o Caribes.

RELACIONES CULTURALES Y RELIGIOSAS DENTRO DE  LA COSMOGONÍA AMERINDIA EN VENEZUELA
  
El ser americano originario ha sido tema de investigaciones y elucubraciones de todo tipo desde el momento mismo en que la civilización occidental se topó con él en su ansia por dominar todas las tierras del planeta. Interpretaciones estas que van desde las más desquiciadas hasta las más ingeniosas.
            En este sentido, el eminente escritor Antenor Orrego, enumera dos corrientes axiológicas y culturales en que se ha dividido el estudio científico de la sociedad americana originaria: una corriente vernácula, indígena o telúrica del Continente llamada por él  INDIANISMO; y otra corriente europea, o más bien occidental, foránea, llamada EXOTISMO.
            Ambas corrientes axiológicas encuentran su origen en un periodo de “arritmia”, correspondiente al periodo anárquico de la destrucción de las culturas  aborígenes ante la penetración occidental, y de reintegración continental en lo mestizo.
            En el Exotismo, la América –o sujeto cognoscente- derrama su Eros americano o Elan o ímpetu de simpatía sobre Europa. En el Indianismo este Eros se regolfa en el propio sujeto cognoscente, se vuelve hacia la propia América. Pues en el Exotismo el Sujeto (América) está dominado por el Objeto (Europa) que lo atrae psíquica y espiritualmente, y por tal causa los valores nativos quedan subestimados por y subordinados a, los valores propios de la cultura europea.
            Al respecto, Spranger en su Estudio sobre el Fenómeno de Contacto de Culturas, identifica la esencia del Exotismo en el efecto de Recepción o el interés inusual por todo lo exótico, especialmente si proviene de la cultura dominante, pues se trata de la identificación de los oprimidos con los opresores. Es la aplicación axiológica de la alienación socio-económica. El Exotismo rechaza radicalmente todos los elementos mágico-religiosos de la propia cultura para adaptarse a otra, en un verdadero holocausto ideológico ¿Sus cenizas? Un sincretismo tímidamente militante que intenta conservar parte de lo sacrificado.
            De la cultura opresora, se adoptan:
“…primeramente, por mero fenómeno de moda, ciertas formas externas, lenguajes, costumbres, estilos; en forma más lenta esas formas se van saturando de contenido espiritual y se produce una verdadera absorción del estilo vital de la cultura recibida; con variantes y con desfiguraciones, la nueva cultura se extiende por diversas capas sociales y alcanza en diversas medidas todas las formas humanas en que puede desenvolverse la actividad” (ANTOLINÉZ, 1972)

El autor no plantea que la alteración de los oprimidos a la cultura dominante sea por una decisión libre y placentera. Pues es un hecho la conversión forzosa de los indígenas americanos al cristianismo y los consiguientes imperativos que significaron la adaptación de la sociedad indígena a una sociedad de clases como la occidental. El autor se refiere a la aceptación, asimilación y fusión de estos elementos culturales a la cultura recipiente. Pues se puede ir a misa sin ser católico o usar pantalones queriendo estar con taparrabo. El verdadero fenómeno de Recepción se consuma cuando el oprimido busca y anhela los valores y las costumbres del opresor.   
En este sentido se puede tratar perfectamente a la corriente Exotista como una criatura filosófica gestada y alimentada por el imperialismo europeo, español en un primer momento y anglosajón posteriormente. Es decir, un remanente más o menos participante del aparato alienante  usado (y aún utilizado) para adaptar las necesidades de consumo y producción de los pueblos de América a las necesidades de mercado y exportación de los países opresores occidentales.
Por su parte el Indianismo busca la reivindicación de la cultura aplastada. Intenta rescatar la esencia, el Eros, y redirigirlo a su origen, hacia la América profunda y latente bajo el látigo imperial. Sin caer en revisionismos fanáticos, ni en una absurda “vuelta al pasado”.[1]
Sin embargo, vale aclarar que el Indianismo no se confunde con el Indigenismo científico. Este último se interesa principalmente en reconstruir la vida y descubrir los secretos de las grandes culturas desaparecidas, para luego exhibir las reliquias encontradas en los museos de las metrópolis opresoras. El Indianismo no niega ni subestima esta labor, más bien la promueve. Sin embargo, su interés primordial está en resguardar al indígena superviviente de la voraz rapiña occidental. Su esencia se halla en defender su patrimonio humano representado en sus costumbres, su lengua, su religión, y todas las manifestaciones sustanciales que dignamente le hacen gritar en silencio “soy diferente”, y en última instancia, resguardar la propia integridad física del aborigen, amenazada desde hace más de cinco siglos.
En este sentido, la imagen antropológica del indígena históricamente se ha debatido entre la subvaloración grosera, tenido como localizado inferiormente a su verdadero nivel inteligente, un animal en dos patas o un perpetuo infante digno de lastima; o el romanticismo científico,  peligroso cuando le hace heredero de supuestos secretos de super-civilizaciones antaño desaparecidas como la Atlántida o Mu, o peor aún de viajeros extraterrestres, sugiriendo la incapacidad técnica de nuestros aborígenes para construir maravillas como Machu-pichu, Teotihuacán o Tihuanaco.
Pensar en el indígena americano como un ser racional, según el típico racionalismo europeo, es tildarlo de inferior al no haber alcanzado los niveles de desarrollo tecnológico de los conquistadores. Pero si se le tilda de irracional, es probable calificarlo como seres humanos genéticamente inferiores, lo que sería muchísimo peor. Entonces, ¿cómo calificar al indígena? Para empezar la pregunta está mal formulada.
Miguel de Unamuno decía: “Sólo por la sublimación de nuestro propio tiempo y de lo correspondiente a nuestro propio lugar, es que podemos aspirar a llegar a ser universales”. El Hombre indígena es un ser humano ante todo, con sueños, metas, pasado, presente y objetivos para un futuro. Sin embargo, no es occidental ni debe tratársele como tal. Su visión del mundo viene definida por múltiples variantes que lo identifican y con las cuales él mismo identifica su entorno. Su racionalidad no obedece a los factores que utiliza el hombre occidental para enfrentarse a la naturaleza, y es desde allí donde debe estudiársele, aún más cuando se quiere explicar la esencia de sus creencias mágico-religiosas y los fundamentos de su axiología.
Es entonces cuando la indagación desde y hacia el indio debe sobreponerse al análisis del y para el indio.