LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.
III
(Primera parte)
La historia de la historiografía en cuanto al
análisis del pasado para la elaboración de un proyecto social que enuncie un
proyecto político, es abordada por Josep Fontana a través de una periodización que
va desde los Orígenes de la historia
inventada por los griegos, pasando por la Roma imperial, la concepción
cristiana de la historia durante la edad media europea; deviene en un capítulo
transicional, del Renacimiento a la
Ilustración, que explica el aporte de los historiadores humanistas del
siglo XV y XVI; continúa con una innovadora explicación del periodo de la Ilustración para luego iniciar un
acucioso análisis de las corrientes que a partir de la aparición del
capitalismo lo han legitimado o combatido, iniciando con la Escuela escocesa (con el sugerente
título Capitalismo e Historia), el pensamiento histórico de la Revolución
francesa, y las corrientes que combatieron durante el siglo XIX los
rebrotes de revolución en Europa (1830, 1848 y 1870) en Historia y Contrarrevolución:1814-1917[1]
que será complementada con el capítulo dedicado al análisis del surgimiento del
pensamiento marxista en el materialismo
histórico y la crítica del capitalismo.
Este matiz de confrontación entre la historia
reaccionaria y revolucionaria al que ya se ha hecho referencia, conlleva a la,
denominada por Fontana, destrucción de
la ciencia histórica, esto es, al esfuerzo de desprestigiar al materialismo
histórico como teoría de la historia para erradicar el bolchevismo[2]
que, como consecuencia del triunfo de la Revolución de Octubre en 1917, se
estaba extendiendo por Europa (Hungría y Alemania principalmente), a través de
la publicación y circulación de diversas teorías que negaban la exactitud
científica de la disciplina. Sin embargo, el esfuerzo no fue muy fructífero y
en una serie de tres capítulos titulados La
Reconstrucción, Fontana muestra las diversas formas en que la Historia ha
sido redefinida ya con ayuda de la antropología y la sociología, ya con una
revitalización de la historia económica o con la aparición de propuestas eclécticas
fundamentadas más en el método que en la teoría como lo es la Escuela de Annales. Sin embargo, todas estas propuestas serán
colocadas en el mismo saco. Son corrientes burguesas o tímidamente reformistas.
No se niega sus avances en materia metodológica, pero Fontana las considera
insuficientes (cuando no completamente inútiles) en la conformación de una
teoría de la historia. Ante semejante escenario surgirá la opción
redentora: el materialismo histórico (por obvias razones, ya esgrimidas), al
que Fontana dedica dos capítulos titulados el
marxismo en el siglo XX, en los cuales el autor defenderá su visión de la historia
reconociendo los errores en los que se ha incurrido pero demostrando que en
lugar de encontrarse frente a una derrota ideológica (debido a la fosilización
del pensamiento marxista) se estaba asistiendo a una época de renovación de los
planteamientos de Marx.
Finalmente, Fontana presenta un capítulo
reflexivo, Repensar la historia para
replantear el futuro, acerca del papel de la historia en la transformación
de la sociedad mediante la enseñanza, para concluir (en la segunda edición de
1999) en un epílogo en el cual
refleja los transcendentales cambios que ha enfrentado el mundo desde 1989 y
que hacen más necesarios que nunca los cambios que él plantea.
IV
Desde los orígenes de la civilización, entendida ésta como vinculada a “un
nivel de desarrollo urbano (…) particularmente como conjunto de instituciones,
conocimientos e ideas susceptibles de trascender o extenderse a otros pueblos”[3]
la historia ha tenido una función social, incluso “…el propio cuerpo de
tradiciones orales de las sociedades que no conocen la escritura ha sido
elaborado para justificar y transmitir lo que se considera importante para su
estabilidad.”[4]
Sin embargo, la historia tal como se conoce
actualmente fue inventada por los griegos en el siglo V antes de nuestra era
con los logógrafos como Hecateo de Mileto (c.
500 a. J.C.). Y es entre ellos que nace la necesidad de revisar críticamente
los mitos griegos; tarea que será hábilmente realizada por Heródoto de
Halicarnaso (c. 485 – c. 424 a. J.C.) quien, por primera vez,
“no se contenta con narrar, sino que señala las causas de los acontecimientos y
busca el sentido profundo de la evolución histórica”[5]
Junto a Heródoto, destaca la figura de
Tucídides (c. 460 – c. 400 a. J.C.) de quien se ha valorado
su afán por la documentación exacta. Colocados ambos bajo el escrutinio de
Fontana, éste declara:
“Tucídides es,
simplemente, el contemporáneo de Ranke y de los historiadores académicos de
cualquier época, a quienes sirve más de coartada que de modelo. De modo que no
debe sorprender que el viejo e ingenuo Heródoto comience a resultarnos más
próximo a quienes pensamos que la historia no puede reducirse al relato de los
hechos de gobierno y de guerra de las clases dominantes.”[6]
Luego del destello que representaron las
obras de Heródoto y Tucídides las visiones de la historia se harán claramente
políticas con el pensamiento de Platón y de Aristóteles. El primero con su República que no es otra cosa que “una
propuesta reaccionaria de sujeción de la comunidad a una clase gobernante aristocrática,”[7]
y el segundo, de pensamiento más pragmático fundamentado en la familia y la esclavitud. Ambos
elaborarán sistemas de clasificación de las formas de gobierno según el
desarrollo de los pueblos. Así, para Platón existen cinco formas de gobierno:
el reino o la aristocracia (según el número de gobernantes), la timocracia, la oligarquía, la democracia
y la tiranía; mientras que para su
discípulo Aristóteles, son tres pares de gobierno, separados por el interés de
quien manda (el propio o el de la comunidad que dirige) realeza-tiranía, aristocracia-oligarquía
y timocracia-democracia.
Ambos esquemas de clasificación y propuesta
política son “vagos intentos de un sistema de etapas históricas” que, aunque
seducen (y seducirán en el futuro) a más de un político ilustrado, no concretan una periodización que explicase el presente
orden de las cosas desde un punto de vista político. Este aporte lo realizará
Polibio (c. 200 – c. 125) formulando una “teoría cíclica
de los gobiernos, que cierra y completa las elaboraciones de Platón y de
Aristóteles, incorporándolas a un marco histórico.”[8]
Durante
el predominio de Roma, historiadores
como Tito Livio (59 a. J.C. - 17 d. J.C.) se esforzaron por presentar un pasado
histórico con el “propósito de legitimar el fin de la República y el
establecimiento de un nuevo sistema político”[9].
Con la llegada del cristianismo ocurrirá una
coexistencia entre una historiografía pagana (grecorromana) y otra cristiana
diferenciadas, básicamente, en:
“…el hecho de que
la grecorromana buscaba la explicación de los fenómenos históricos en el
interior de la propia sociedad, haciendo uso de una causalidad fundamentalmente
terrena, mientras que la cristiana supone que existe un esquema determinado
desde fuera de la sociedad humana, por designio divino, que marca el curso
ineluctable de la evolución histórica.”[10]
Es decir, a esta concepción cristiana de la
historia acompañaba la idea de la evolución pasiva de la humanidad. Así, cuando
Roma cae bajo el dominio de los bárbaros,
un san Agustín de Hipona (354-430) puede alegar que la ciudad caída no era otra
que la ciudad terrenal, viciada de
pecados y castigada por Dios debido a sus crímenes; mientras que la ciudad divina, a la que pertenecía el
cristiano seguía en pie.
Luego
de este apocalipsis romano, los historiadores cristianos se dedicarán a
justificar la aparición de los nuevos reinos nacidos luego de la caída del
Imperio con personajes como Gregorio de Tours (530-594) dedicado a la historia
del reino franco, Isidoro de Sevilla (560-636) para godos, vándalos y suevos;
Beda (673-735) para los sajones y celtas de Inglaterra, y Paulo Diácono (¿? –
800) para el reino longobardo.
La llamada revolución feudal del siglo XI que destruyó las monarquías bárbaras
de Europa, obligará a redefinir el papel de la iglesia en la sociedad,
elaborando una economía política que servirá
de “fundamentación ideológica a la sociedad feudal hasta el triunfo del
capitalismo”[11].
En este sentido, Fontana explica:
“Esta visión
propone una economía política con una
división social del trabajo entre grupos distintos: los caballeros, que pelean
para defender al conjunto de la sociedad de sus enemigos internos y externos;
los eclesiásticos, que rezan y mantienen la relación con la divinidad, con el
fin de propiciar bienes y evitar castigos a la sociedad de que forman parte, y
la masa de los que trabajan, los laboratores,
que mantienen a los otros dos grupos, en pago de los servicios que reciben de
ellos”[12]
Sin embargo, a la par de este esquema de
interpretación histórica aparecieron otras concepciones basadas en modelos proféticos que se
convirtieron en verdaderos quebraderos
de cabeza tanto para los señores feudales como para el estamento
eclesiástico debido a sus carácter apocalíptico, pero también igualitario y
reformador. El principal de ellos fue el elaborado por Joaquín da Fiore (c. 1132-1202) que propugnaba un futuro
cercano de felicidad que los hombre podían ayudar a construir, lo que provocó
la aparición de nuevas órdenes religiosas como los franciscanos que abogaban
por una iglesia más cercana a la contemplación y a la pobreza –en
contraposición a la opulencia sacerdotal de su tiempo. Pero esta concepción irá
más allá. Fontana afirma: “La revisión histórico-profética del joaquinismo, en
la medida en que ponía en discusión la autoridad de la jerarquía eclesiástica
–imaginando una Iglesia mejor en una sociedad más justa-, minaba la economía
política del sistema.”[13]
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