miércoles, 14 de noviembre de 2012


LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.

III 
(Primera parte)

La historia de la historiografía en cuanto al análisis del pasado para la elaboración de un proyecto social que enuncie un proyecto político, es abordada por Josep Fontana a través de una periodización que va desde los Orígenes de la historia inventada por los griegos, pasando por la Roma imperial, la concepción cristiana de la historia durante la edad media europea; deviene en un capítulo transicional, del Renacimiento a la Ilustración, que explica el aporte de los historiadores humanistas del siglo XV y XVI; continúa con una innovadora explicación del periodo de la Ilustración para luego iniciar un acucioso análisis de las corrientes que a partir de la aparición del capitalismo lo han legitimado o combatido, iniciando con la Escuela escocesa (con el sugerente título Capitalismo e Historia), el pensamiento histórico de la Revolución francesa, y las corrientes que combatieron durante el siglo XIX los rebrotes de revolución en Europa (1830, 1848 y 1870) en Historia y Contrarrevolución:1814-1917[1] que será complementada con el capítulo dedicado al análisis del surgimiento del pensamiento marxista en el materialismo histórico y la crítica del capitalismo.
Este matiz de confrontación entre la historia reaccionaria y revolucionaria al que ya se ha hecho referencia, conlleva a la, denominada por Fontana, destrucción de la ciencia histórica, esto es, al esfuerzo de desprestigiar al materialismo histórico como teoría de la historia para erradicar el bolchevismo[2] que, como consecuencia del triunfo de la Revolución de Octubre en 1917, se estaba extendiendo por Europa (Hungría y Alemania principalmente), a través de la publicación y circulación de diversas teorías que negaban la exactitud científica de la disciplina. Sin embargo, el esfuerzo no fue muy fructífero y en una serie de tres capítulos titulados La Reconstrucción, Fontana muestra las diversas formas en que la Historia ha sido redefinida ya con ayuda de la antropología y la sociología, ya con una revitalización de la historia económica o con la aparición de propuestas eclécticas fundamentadas más en el método que en la teoría como lo es la Escuela de Annales. Sin embargo, todas estas propuestas serán colocadas en el mismo saco. Son corrientes burguesas o tímidamente reformistas. No se niega sus avances en materia metodológica, pero Fontana las considera insuficientes (cuando no completamente inútiles) en la conformación de una teoría de la historia. Ante semejante escenario surgirá la opción redentora: el materialismo histórico (por obvias razones, ya esgrimidas), al que Fontana dedica dos capítulos titulados el marxismo en el siglo XX, en los cuales el autor defenderá su visión de la historia reconociendo los errores en los que se ha incurrido pero demostrando que en lugar de encontrarse frente a una derrota ideológica (debido a la fosilización del pensamiento marxista) se estaba asistiendo a una época de renovación de los planteamientos de Marx.
Finalmente, Fontana presenta un capítulo reflexivo, Repensar la historia para replantear el futuro, acerca del papel de la historia en la transformación de la sociedad mediante la enseñanza, para concluir (en la segunda edición de 1999) en un epílogo en el cual refleja los transcendentales cambios que ha enfrentado el mundo desde 1989 y que hacen más necesarios que nunca los cambios que él plantea.



IV

Desde los orígenes de la civilización, entendida ésta como vinculada a “un nivel de desarrollo urbano (…) particularmente como conjunto de instituciones, conocimientos e ideas susceptibles de trascender o extenderse a otros pueblos”[3] la historia ha tenido una función social, incluso “…el propio cuerpo de tradiciones orales de las sociedades que no conocen la escritura ha sido elaborado para justificar y transmitir lo que se considera importante para su estabilidad.”[4]
Sin embargo, la historia tal como se conoce actualmente fue inventada por los griegos en el siglo V antes de nuestra era con los logógrafos como Hecateo de Mileto (c. 500 a. J.C.). Y es entre ellos que nace la necesidad de revisar críticamente los mitos griegos; tarea que será hábilmente realizada por Heródoto de Halicarnaso (c. 485 – c. 424 a. J.C.) quien, por primera vez, “no se contenta con narrar, sino que señala las causas de los acontecimientos y busca el sentido profundo de la evolución histórica”[5]
Junto a Heródoto, destaca la figura de Tucídides (c. 460 – c. 400 a. J.C.) de quien se ha valorado su afán por la documentación exacta. Colocados ambos bajo el escrutinio de Fontana, éste declara:
“Tucídides es, simplemente, el contemporáneo de Ranke y de los historiadores académicos de cualquier época, a quienes sirve más de coartada que de modelo. De modo que no debe sorprender que el viejo e ingenuo Heródoto comience a resultarnos más próximo a quienes pensamos que la historia no puede reducirse al relato de los hechos de gobierno y de guerra de las clases dominantes.”[6]

Luego del destello que representaron las obras de Heródoto y Tucídides las visiones de la historia se harán claramente políticas con el pensamiento de Platón y de Aristóteles. El primero con su República que no es otra cosa que “una propuesta reaccionaria de sujeción de la comunidad a una clase gobernante aristocrática,”[7] y el segundo, de pensamiento más pragmático fundamentado en la familia y la esclavitud. Ambos elaborarán sistemas de clasificación de las formas de gobierno según el desarrollo de los pueblos. Así, para Platón existen cinco formas de gobierno: el reino o la aristocracia (según el número de gobernantes), la timocracia, la oligarquía, la democracia y la tiranía; mientras que para su discípulo Aristóteles, son tres pares de gobierno, separados por el interés de quien manda (el propio o el de la comunidad que dirige) realeza-tiranía, aristocracia-oligarquía y timocracia-democracia.
Ambos esquemas de clasificación y propuesta política son “vagos intentos de un sistema de etapas históricas” que, aunque seducen (y seducirán en el futuro) a más de un político ilustrado, no concretan una periodización que explicase el presente orden de las cosas desde un punto de vista político. Este aporte lo realizará Polibio (c. 200 – c. 125) formulando una “teoría cíclica de los gobiernos, que cierra y completa las elaboraciones de Platón y de Aristóteles, incorporándolas a un marco histórico.”[8]
            Durante el predominio de Roma,  historiadores como Tito Livio (59 a. J.C. - 17 d. J.C.) se esforzaron por presentar un pasado histórico con el “propósito de legitimar el fin de la República y el establecimiento de un nuevo sistema político”[9].
Con la llegada del cristianismo ocurrirá una coexistencia entre una historiografía pagana (grecorromana) y otra cristiana diferenciadas, básicamente, en:
“…el hecho de que la grecorromana buscaba la explicación de los fenómenos históricos en el interior de la propia sociedad, haciendo uso de una causalidad fundamentalmente terrena, mientras que la cristiana supone que existe un esquema determinado desde fuera de la sociedad humana, por designio divino, que marca el curso ineluctable de la evolución histórica.”[10]

Es decir, a esta concepción cristiana de la historia acompañaba la idea de la evolución pasiva de la humanidad. Así, cuando Roma cae bajo el dominio de los bárbaros, un san Agustín de Hipona (354-430) puede alegar que la ciudad caída no era otra que la ciudad terrenal, viciada de pecados y castigada por Dios debido a sus crímenes; mientras que la ciudad divina, a la que pertenecía el cristiano seguía en pie.
 Luego de este apocalipsis romano, los historiadores cristianos se dedicarán a justificar la aparición de los nuevos reinos nacidos luego de la caída del Imperio con personajes como Gregorio de Tours (530-594) dedicado a la historia del reino franco, Isidoro de Sevilla (560-636) para godos, vándalos y suevos; Beda (673-735) para los sajones y celtas de Inglaterra, y Paulo Diácono (¿? – 800) para el reino longobardo.
La llamada revolución feudal del siglo XI que destruyó las monarquías bárbaras de Europa, obligará a redefinir el papel de la iglesia en la sociedad, elaborando una economía política que servirá  de “fundamentación ideológica a la sociedad feudal hasta el triunfo del capitalismo”[11]. En este sentido, Fontana explica:
“Esta visión propone una economía política con una división social del trabajo entre grupos distintos: los caballeros, que pelean para defender al conjunto de la sociedad de sus enemigos internos y externos; los eclesiásticos, que rezan y mantienen la relación con la divinidad, con el fin de propiciar bienes y evitar castigos a la sociedad de que forman parte, y la masa de los que trabajan, los laboratores, que mantienen a los otros dos grupos, en pago de los servicios que reciben de ellos”[12]

Sin embargo, a la par de este esquema de interpretación histórica aparecieron otras concepciones basadas en modelos proféticos que se convirtieron en verdaderos quebraderos de cabeza tanto para los señores feudales como para el estamento eclesiástico debido a sus carácter apocalíptico, pero también igualitario y reformador. El principal de ellos fue el elaborado por Joaquín da Fiore (c. 1132-1202) que propugnaba un futuro cercano de felicidad que los hombre podían ayudar a construir, lo que provocó la aparición de nuevas órdenes religiosas como los franciscanos que abogaban por una iglesia más cercana a la contemplación y a la pobreza –en contraposición a la opulencia sacerdotal de su tiempo. Pero esta concepción irá más allá. Fontana afirma: “La revisión histórico-profética del joaquinismo, en la medida en que ponía en discusión la autoridad de la jerarquía eclesiástica –imaginando una Iglesia mejor en una sociedad más justa-, minaba la economía política del sistema.”[13]

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