miércoles, 14 de noviembre de 2012


LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.



III
(Cuarta Parte)

El impacto que tendrá el materialismo histórico en la sociedad será trascendental no sólo en el terreno político sino en la concepción de la historia, pues su difusión hacía insuficiente el ataque de la escuela historicista, por lo que se recurrió a destruir la esencia misma de la historia: su exactitud y cientificidad. Fontana achacará a este movimiento surgido a principios del siglo XX la llamada destrucción de la ciencia histórica.
El ataque lo inicia Benedetto Croce (1866-1952) afirmando que toda historia es historia contemporánea pues nace de las necesidades inmediatas del historiador y de la sociedad que la interpreta. Esta descarga de artillería será complementada con las ideas de Collingwood (1889-1943) sobre la imposibilidad de leyes causales en la historia que no sean eminentemente individuales. Sin embargo, quien dará el golpe más hiriente será el epistemólogo Karl Popper quien propugnará, en palabras de Fontana, que:
“La historia se ocupa de hechos aislados que no se elevan nunca a amplias generalizaciones teóricas. Hay algunos juicios generales en historia, pero son tan triviales que no tienen valor alguno para el trabajo científico (…) No hay tampoco, por consiguiente, una historia del pasado, sino distintas interpretaciones históricas, ninguna de las cuales es definitiva: cada generación escribe su propia visión de la historia”[1]

El resto de los mercenarios de este ejército de pensadores de la Reacción se reducirá a morfólogos de la historia como Oswald Spengler, Arnold Toynbee entre otros, estos son los que utilizan para sus estudios “la contemplación, la comparación, la certeza interior inmediata y la justa imaginación de los sentidos[2]” lo que reducía el trabajo historiográfico a un discurso literario más o menos místico.
A esta destrucción de la ciencia histórica se le opondrán diversos movimientos de reconstrucción[3] entre los que destacarán el proveniente de la antropología y la sociología, el revitalizador de una nueva historia económica, y la propuesta metodológica de la escuela de Annales.
El primer intento de reconstrucción, proveniente de la antropología y la sociología inició con el viraje teórico iniciado por Durkheim (1858-1917), Tönnies (1855-1936) y Max Weber (1864-1920) desde la sociología en cuanto al estudio de los hechos sociales en su propio medio, y continuó con los aportes de Franz Boas (1858-1942), Radcliffe-Brown (1881-1955), Manilowski (1884-1942), Marcel Mauss (1872-1950) y Vere Gordon Childe (1892-1957) desde la antropología.
Desde la perspectiva de la sociología el aporte ha sido la configuración de una corriente denominada historia social inspirada fundamentalmente en la metodología de la sociología funcionalista que se ha caracterizado por prescindir de la política lo que “permite pasar por alto las relaciones que puedan existir entre conflicto y formas de organización de la sociedad”[4].
Por su parte, desde la disciplina de la antropología han surgido interesantes propuestas como la antropología económica de Karl Polanyi que no es más que “un intento imaginativo de  formular las bases de una tercera vía entre capitalismo y  socialismo marxista”[5].
La segunda corriente reconstructiva de la ciencia histórica será la nueva historia económica de impronta estadounidense surgida a raíz del quiebre con el historicismo y de la crisis de la historia progresista debido a la reacción durante la guerra fría. Destacan en esta corriente Alfred H. Conrad, John R. Meyer y Robert W. Fogel. Los rasgos distintivos son resumidos por Fontana de la siguiente manera:
“Sus dos rasgos esenciales son, en palabras de Fogel “su énfasis acerca de la medición y el reconocimiento de la íntima relación que existe entre medición y teoría”. La medición exige el uso de métodos matemáticos; la asociación de medición y teoría conduce al uso de modelos econométricos, de modo que una de las definiciones que se han dado de la escuela se ha hecho en función del uso de “modelos explícitos hipotético-deductivos”[6].
           
Por último, la corriente que ha coadyuvado en la reconstrucción de la ciencia histórica según Fontana es la escuela de Annales, para la cual dedica líneas tan contundentes como las que siguen y que son necesarias transcribir ya que expresan su pensamiento crítico sobre la referida escuela:
“…se ha convertido en uno de los pilares de la modernización del academicismo, sucedáneo del marxismo, que finge preocupaciones progresistas y procura apartar a quienes trabajan en el terreno de la historia del peligro de adentrarse en la reflexión teórica, sustituida aquí por un conjunto de herramientas metodológicas de la más reluciente novedad y con garantía de cientifismo. Si nos atenemos a la realidad presente, uno podría definir a la escuela de Annales como un funcionalismo que ha tratado de reconstruir la historia con el recurso a una mescolanza, más o menos bien condimentada, de elementos tomados de diversas disciplinas (sociología, antropología, economía). Sus rasgos más visibles son el eclecticismo (característica habitual del pensamiento académico), una voluntad globalizadora que se justifica por la necesidad de superar la limitación tradicional de los cultivadores de la historia política (pero que es, en realidad, el resultado del uso de un utillaje metodológico heterogéneo, y no siempre coherente), y un esfuerzo por la modernización formal que cumple la función de desviar la atención hacia lo meramente instrumental, encubriendo la ausencia de un pensamiento teórico propiamente dicho”[7].

Pero acá no termina la dura pluma del historiador español hacia la escuela de Annales. Fontana le recrimina a Febvre el viraje que da a la revista Annales a partir de 1946, ofreciendo al sistema una escuela convertida en “una fórmula de recambio del marxismo” y culpa a Fernand Braudel de justificar el capitalismo como sistema inevitable[8].
Por último, Fontana expondrá, al final de su obra, un resumen de cómo el marxismo en el siglo XX ha sido desnaturalizado y dogmatizado por los historiadores que han descuartizado el pensamiento de Marx pervirtiendo su intención de herramienta para la transformación de la sociedad. Sin embargo, y al mismo tiempo, se asistía a un movimiento de profunda renovación de la mano de escritores de la talla de Lukács, Korsch, Gramsci, C. Hill, Rodney Hilton, Eric Hobsbawm, E. P. Thompson o Pierre Vilar.
Finalmente, en el capítulo dedicado a las reflexiones sobre el rol de la historia en la sociedad actual,  Fontana enunciará su postura frente al quehacer historiográfico, afirmando que:
“Nuestro objetivo difícilmente puede ser el de convertir la historia en una “ciencia” –en un cuerpo de conocimientos y métodos, cerrado y autosuficiente, que se cultiva por sí mismo-, sino, por el contrario, el de arrancarla a la fosilización cientifista para volver a convertirla en una “técnica”: en una herramienta para la tarea del cambio social”[9].

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