LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.
III
(Cuarta Parte)
El impacto que tendrá el materialismo
histórico en la sociedad será trascendental no sólo en el terreno político sino
en la concepción de la historia, pues su difusión hacía insuficiente el ataque
de la escuela historicista, por lo que se recurrió a destruir la esencia misma
de la historia: su exactitud y cientificidad. Fontana achacará a este
movimiento surgido a principios del siglo XX la llamada destrucción de la ciencia histórica.
El ataque lo inicia Benedetto Croce
(1866-1952) afirmando que toda historia es historia contemporánea pues nace de
las necesidades inmediatas del historiador y de la sociedad que la interpreta.
Esta descarga de artillería será complementada con las ideas de Collingwood
(1889-1943) sobre la imposibilidad de leyes causales en la historia que no sean
eminentemente individuales. Sin embargo, quien dará el golpe más hiriente será
el epistemólogo Karl Popper quien propugnará, en palabras de Fontana, que:
“La historia se
ocupa de hechos aislados que no se elevan nunca a amplias generalizaciones
teóricas. Hay algunos juicios generales en historia, pero son tan triviales que
no tienen valor alguno para el trabajo científico (…) No hay tampoco, por
consiguiente, una historia del pasado, sino distintas interpretaciones
históricas, ninguna de las cuales es definitiva: cada generación escribe su
propia visión de la historia”[1]
El resto de los mercenarios de este ejército
de pensadores de la Reacción se reducirá a morfólogos de la historia como
Oswald Spengler, Arnold Toynbee entre otros, estos son los que utilizan para
sus estudios “la contemplación, la comparación, la certeza interior inmediata y
la justa imaginación de los sentidos[2]”
lo que reducía el trabajo historiográfico a un discurso literario más o menos
místico.
A esta destrucción de la ciencia histórica se
le opondrán diversos movimientos de reconstrucción[3]
entre los que destacarán el proveniente de la antropología y la sociología, el revitalizador
de una nueva historia económica, y la propuesta metodológica de la escuela de Annales.
El primer intento de reconstrucción,
proveniente de la antropología y la sociología inició con el viraje teórico
iniciado por Durkheim (1858-1917), Tönnies (1855-1936) y Max Weber (1864-1920)
desde la sociología en cuanto al estudio de los hechos sociales en su propio
medio, y continuó con los aportes de Franz Boas (1858-1942), Radcliffe-Brown
(1881-1955), Manilowski (1884-1942), Marcel Mauss (1872-1950) y Vere Gordon
Childe (1892-1957) desde la antropología.
Desde la perspectiva de la sociología el
aporte ha sido la configuración de una corriente denominada historia social inspirada
fundamentalmente en la metodología de la sociología funcionalista que se ha
caracterizado por prescindir de la política lo que “permite pasar por alto las
relaciones que puedan existir entre conflicto y formas de organización de la
sociedad”[4].
Por su parte, desde la disciplina de la
antropología han surgido interesantes propuestas como la antropología económica
de Karl Polanyi que no es más que “un intento imaginativo de formular las bases de una tercera vía entre
capitalismo y socialismo marxista”[5].
La segunda corriente reconstructiva de la
ciencia histórica será la nueva historia económica de impronta estadounidense
surgida a raíz del quiebre con el historicismo y de la crisis de la historia
progresista debido a la reacción durante la guerra fría. Destacan en esta
corriente Alfred H. Conrad, John R. Meyer y Robert W. Fogel. Los rasgos
distintivos son resumidos por Fontana de la siguiente manera:
“Sus dos rasgos
esenciales son, en palabras de Fogel “su énfasis acerca de la medición y el
reconocimiento de la íntima relación que existe entre medición y teoría”. La
medición exige el uso de métodos matemáticos; la asociación de medición y
teoría conduce al uso de modelos econométricos, de modo que una de las
definiciones que se han dado de la escuela se ha hecho en función del uso de
“modelos explícitos hipotético-deductivos”[6].
Por último, la corriente que ha coadyuvado en
la reconstrucción de la ciencia histórica según Fontana es la escuela de Annales, para la cual dedica líneas tan
contundentes como las que siguen y que son necesarias transcribir ya que
expresan su pensamiento crítico sobre la referida escuela:
“…se ha convertido
en uno de los pilares de la modernización del academicismo, sucedáneo del
marxismo, que finge preocupaciones progresistas y procura apartar a quienes
trabajan en el terreno de la historia del peligro de adentrarse en la reflexión
teórica, sustituida aquí por un conjunto de herramientas metodológicas de la
más reluciente novedad y con garantía de cientifismo.
Si nos atenemos a la realidad presente, uno podría definir a la escuela de Annales como un funcionalismo que ha
tratado de reconstruir la historia con el recurso a una mescolanza, más o menos
bien condimentada, de elementos tomados de diversas disciplinas (sociología,
antropología, economía). Sus rasgos más visibles son el eclecticismo
(característica habitual del pensamiento académico), una voluntad globalizadora
que se justifica por la necesidad de superar la limitación tradicional de los
cultivadores de la historia política (pero que es, en realidad, el resultado
del uso de un utillaje metodológico heterogéneo, y no siempre coherente), y un
esfuerzo por la modernización formal que cumple la función de desviar la
atención hacia lo meramente instrumental, encubriendo la ausencia de un
pensamiento teórico propiamente dicho”[7].
Pero acá no termina la dura pluma del
historiador español hacia la escuela de Annales.
Fontana le recrimina a Febvre el viraje que da a la revista Annales a partir de
1946, ofreciendo al sistema una escuela convertida en “una fórmula de recambio
del marxismo” y culpa a Fernand Braudel de justificar el capitalismo como
sistema inevitable[8].
Por último, Fontana expondrá, al final de su
obra, un resumen de cómo el marxismo en
el siglo XX ha sido desnaturalizado y dogmatizado por los historiadores que
han descuartizado el pensamiento de Marx pervirtiendo su intención de
herramienta para la transformación de la sociedad. Sin embargo, y al mismo
tiempo, se asistía a un movimiento de profunda renovación de la mano de
escritores de la talla de Lukács, Korsch, Gramsci, C. Hill, Rodney Hilton, Eric
Hobsbawm, E. P. Thompson o Pierre Vilar.
Finalmente, en el capítulo dedicado a las
reflexiones sobre el rol de la historia en la sociedad actual, Fontana enunciará su postura frente al
quehacer historiográfico, afirmando que:
“Nuestro objetivo difícilmente
puede ser el de convertir la historia en una “ciencia” –en un cuerpo de
conocimientos y métodos, cerrado y autosuficiente, que se cultiva por sí
mismo-, sino, por el contrario, el de arrancarla a la fosilización cientifista
para volver a convertirla en una “técnica”: en una herramienta para la tarea
del cambio social”[9].
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