miércoles, 14 de noviembre de 2012


LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.


III
(Tercera Parte)


Y el combate a esta forma de concebir la historia, en donde el desarrollo económico llevaría indefectiblemente al triunfo del capitalismo sin transitar por el satanizado estadio de la revolución, es el que realizará la revolución francesa de finales del siglo XVIII y que provocará una reacción en cadena que llevará tanto a la formulación del materialismo histórico de Marx y Engels como a la conformación de diversas corrientes contrarrevolucionarias durante el siglo XIX. Y es que en el pensamiento revolucionario francés se consideraba la política no como un accesorio de la economía sino como “el terreno de acción más trascendente de los hombres”[1].
Otro aspecto resaltante y particular del pensamiento de la revolución francesa será que sus reflexiones han nacido en el seno de una sociedad pre-capitalista, surgirá una corriente de pensamiento que propondrá  otras opciones de desarrollo económico y social que no necesariamente tuviesen que transitar por “la expropiación de los pequeños campesinos, sino por su reforzamiento”, es decir, “En la base de estos proyectos alternativos estaba la idea de apoyarse en las masas campesinas para construir una sociedad igualitaria o que, por lo menos, preservase en lo posible las formas de trabajo y de apropiación de común”[2].
Sin embargo, la mayoría de los revolucionarios franceses (representantes de una burguesía en ascenso) optarán por el camino “normal” de desarrollo enunciado por la escuela escocesa y tendrá en pensadores como Condorcet (1743-1794) y Antoine-Louis-Claude de Destutt de Tracy (1754-1836) sus principales ideólogos, afirmando, por ejemplo, que la propiedad era “una de las primeras nociones adquiridas por el hombre” presentándola como un fundamento natural de la sociedad y que además era “imposible evitar la desigualdad que procede de su existencia”[3].
Lecturas posteriores del proceso histórico francés harán surgir interpretaciones que, o harán una legitimación del desarrollo capitalista tradicional (esto es, a la inglesa) llegando incluso a inventar conceptos tan franceses como “revolución industrial”, o conformarán el multiforme carruaje que conducirá a la formulación del materialismo histórico marxista con las declaraciones y actuaciones de hombres tan lúcidos como Auguste Blanqui (1805-1881), Saint-Simon (1760-1825), Fourier (1772-1837) o Buonarroti (1761-1837).
Ante el doble ataque realizado por el pensamiento histórico de la revolución francesa a la teoría de la historia elaborada y defendida por el capitalismo, esto es la relegitimación de la política como terreno esencial en el desarrollo de la sociedad –colocando sobre el tapete un concepto tan espantoso para la burguesía como lo era revolución- , y la idea de un desarrollo económico fundamentado en la igualdad social y la supresión de la gran propiedad privada, el sistema de poder en Europa enfilará sus armas contra el nuevo peligro concibiendo desde sus entrañas cuatro corrientes que no serán sino “estrategias distintas para un mismo objetivo: la preservación del orden burgués”[4], estas son: interpretación whig de la historia, romanticismo, positivismo e historicismo, a las que Fontana meterá en el mismo saco y dará el sugerente mote de la contrarrevolución.
La primera de ellas, la interpretación whig[5] de la historia reconstruirá el pasado para presentarlo como un “ascenso continuado hacia las formas de la libertad constitucional”[6] además de ser la primera corriente en enarbolar una supuesta imparcialidad en sus estudios y concepciones, alejada de apasionamientos políticos que tendrá en Thomas Babbington Macaulay (1800-1859) y en lord Acton (1834-1902) a sus principales representantes.
Por su parte, el romanticismo, con escritores de la talla de Chateaubriand (1768-1848), Jules Michelet (1798-1874) y Numa Fustel de Coulanges (1830-1889)  propugnó una historia patria que exaltaba la figura de las personalidades por encima de los pueblos, de las individualidades por encima de los colectivos, y de la nación[7] por encima de la clase, lo que lograba de paso desviar a las clases populares de cualquier objetivo clasista, es decir, revolucionario.
Auguste Comte (1798-1857) será el responsable de formular la tercera de estas corrientes, el positivismo, al que Fontana se referirá en los siguientes términos:
“En la base teórica del pensamiento de Comte hay una concepción histórica parecida a la de Condorcet, de la que se ha sacado toda referencia a las formas de organización social, para dejar sólo la marcha progresiva del espíritu humano, como algo autónomo que basta para explicar el cambio histórico. Esta evolución independiente del pensamiento se ilustra con una gran ley fundamental del desarrollo intelectual de la humanidad, que consiste en afirmar que cada rama del conocimiento ha pasado sucesivamente por tres estados teóricos diferentes: el estado teológico o ficticio, el estado metafísico o abstracto y el estado científico o positivo[8].

Por lo tanto al historiador positivista, dadas las leyes de la evolución social,  no le quedaba otra opción más que “aplicarlas a la investigación concreta, usando los métodos científicos –por lo que se entiende semejantes a los de las ciencias naturales[9].
Sin embargo, la corriente a la cual se dedicará Fontana con más ahínco para criticar y descalificar (según las razones de su teoría) será el historicismo.
El origen del historicismo se encuentra en la necesidad del estado prusiano de protegerse de las ideas subversivas  y de “crear un nuevo consenso cohesionador de la sociedad”[10]  en el que colaborarían Hegel (1770-1831), Niebuhr (1776-1831), pero en el que sin duda intervendría de manera protagónica Leopold Von Ranke (1795-1886) quien daría a la corriente sus principales rasgos metodológicos pero principalmente la teoría histórica que identificaba al estado con la nación que, de manera consciente y deliberada, preparaba el terreno y luego justificaba la unificación alemana de 1871. Es por ello que Fontana considera a Ranke “un funcionario ideológico del estado prusiano, útil, servicial y plenamente consciente del papel que le tocaba”[11] para luego dirigirle una de las líneas más duras de su obra: “Lo que sucede es que los perros guardianes del sistema acaban creyendo que la casa que defienden es suya, y no del dueño que les echa cada día la comida”[12].
Estas cuatro corrientes de la contrarrevolución europea enfrentarán, a partir de 1848, la culminación teórica de las ideas revolucionarias en la concepción del materialismo histórico de Carlos Marx y Federico Engels. 
Al respecto, Fontana se niega a hablar de una concepción marxista de la historia, pues considera que “historia, economía y política marxistas (entre análisis del pasado, crítica del presente y propuesta para el futuro)”[13] es una innecesaria disección del pensamiento marxista, y se enfoca en presentar la propuesta marxista como un todo. La primera prueba para este tratamiento del pensamiento de Marx se tiene en el Manifiesto comunista que inicia con el enunciado histórico (análisis del pasado) que “la historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de luchas de clases” y finaliza con un llamado revolucionario “¡Proletarios de todos los países, uníos! (proyecto político). Es decir, la historia explica el presente pero no lo legitima, sino que lo expone para transformarlo. 
De esta manera, el materialismo histórico interpreta la evolución de la historia humana a través de unas “etapas de progreso que no son definidas fundamentalmente por el grado de desarrollo de la producción, sino por la naturaleza de las relaciones que se establecen entre los hombres que participan en el proceso productivo”[14]. Estos son los fundamentos más esenciales de la práctica marxista, que debido a la elucubración dogmatizante, fueron fosilizados durante décadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario