LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.
III
(Tercera Parte)
Y el combate a esta forma de concebir la
historia, en donde el desarrollo económico llevaría indefectiblemente al
triunfo del capitalismo sin transitar por el satanizado estadio de la
revolución, es el que realizará la revolución
francesa de finales del siglo XVIII y que provocará una reacción en cadena
que llevará tanto a la formulación del materialismo histórico de Marx y Engels
como a la conformación de diversas corrientes contrarrevolucionarias durante el
siglo XIX. Y es que en el pensamiento revolucionario francés se consideraba la
política no como un accesorio de la economía sino como “el terreno de acción
más trascendente de los hombres”[1].
Otro aspecto resaltante y particular del
pensamiento de la revolución francesa será que sus reflexiones han nacido en el
seno de una sociedad pre-capitalista, surgirá una corriente de pensamiento que
propondrá otras opciones de desarrollo
económico y social que no necesariamente tuviesen que transitar por “la
expropiación de los pequeños campesinos, sino por su reforzamiento”, es decir,
“En la base de estos proyectos alternativos estaba la idea de apoyarse en las
masas campesinas para construir una sociedad igualitaria o que, por lo menos,
preservase en lo posible las formas de trabajo y de apropiación de común”[2].
Sin embargo, la mayoría de los
revolucionarios franceses (representantes de una burguesía en ascenso) optarán
por el camino “normal” de desarrollo enunciado por la escuela escocesa y tendrá
en pensadores como Condorcet (1743-1794) y Antoine-Louis-Claude de Destutt de
Tracy (1754-1836) sus principales ideólogos, afirmando, por ejemplo, que la
propiedad era “una de las primeras nociones adquiridas por el hombre”
presentándola como un fundamento natural
de la sociedad y que además era “imposible evitar la desigualdad que procede de
su existencia”[3].
Lecturas posteriores del proceso histórico
francés harán surgir interpretaciones que, o harán una legitimación del
desarrollo capitalista tradicional (esto es, a la inglesa) llegando incluso a
inventar conceptos tan franceses como “revolución industrial”, o conformarán el
multiforme carruaje que conducirá a la formulación del materialismo histórico
marxista con las declaraciones y actuaciones de hombres tan lúcidos como Auguste
Blanqui (1805-1881), Saint-Simon (1760-1825), Fourier (1772-1837) o Buonarroti
(1761-1837).
Ante el doble ataque realizado por el
pensamiento histórico de la revolución francesa a la teoría de la historia
elaborada y defendida por el capitalismo, esto es la relegitimación de la
política como terreno esencial en el desarrollo de la sociedad –colocando sobre
el tapete un concepto tan espantoso para la burguesía como lo era revolución- , y la idea de un desarrollo
económico fundamentado en la igualdad social y la supresión de la gran
propiedad privada, el sistema de poder en Europa enfilará sus armas contra el
nuevo peligro concibiendo desde sus entrañas cuatro corrientes que no serán
sino “estrategias distintas para un mismo objetivo: la preservación del orden
burgués”[4],
estas son: interpretación whig de la
historia, romanticismo, positivismo e historicismo, a las que Fontana meterá en
el mismo saco y dará el sugerente mote de la contrarrevolución.
La primera de ellas, la interpretación whig[5]
de la historia reconstruirá el pasado para presentarlo como un “ascenso
continuado hacia las formas de la libertad constitucional”[6]
además de ser la primera corriente en enarbolar una supuesta imparcialidad en
sus estudios y concepciones, alejada de apasionamientos políticos que tendrá en
Thomas Babbington Macaulay (1800-1859) y en lord Acton (1834-1902) a sus
principales representantes.
Por su parte, el romanticismo, con escritores
de la talla de Chateaubriand (1768-1848), Jules Michelet (1798-1874) y Numa
Fustel de Coulanges (1830-1889) propugnó
una historia patria que exaltaba la figura de las personalidades por encima de
los pueblos, de las individualidades por encima de los colectivos, y de la nación[7]
por encima de la clase, lo que lograba de paso desviar a las clases populares
de cualquier objetivo clasista, es decir, revolucionario.
Auguste Comte (1798-1857) será el responsable
de formular la tercera de estas corrientes, el positivismo, al que Fontana se
referirá en los siguientes términos:
“En la base teórica
del pensamiento de Comte hay una concepción histórica parecida a la de
Condorcet, de la que se ha sacado toda referencia a las formas de organización
social, para dejar sólo la marcha
progresiva del espíritu humano, como algo autónomo que basta para explicar
el cambio histórico. Esta evolución independiente del pensamiento se ilustra
con una gran ley fundamental del
desarrollo intelectual de la humanidad, que consiste en afirmar que cada rama
del conocimiento ha pasado sucesivamente por tres estados teóricos diferentes: el estado
teológico o ficticio, el estado metafísico o abstracto y el estado científico o
positivo”[8].
Por lo tanto al historiador positivista,
dadas las leyes de la evolución social,
no le quedaba otra opción más que “aplicarlas a la investigación
concreta, usando los métodos científicos
–por lo que se entiende semejantes a los
de las ciencias naturales”[9].
Sin embargo, la corriente a la cual se
dedicará Fontana con más ahínco para criticar y descalificar (según las razones
de su teoría) será el historicismo.
El origen del historicismo se encuentra en la
necesidad del estado prusiano de protegerse de las ideas subversivas y de “crear un nuevo consenso cohesionador de
la sociedad”[10] en el que colaborarían Hegel (1770-1831),
Niebuhr (1776-1831), pero en el que sin duda intervendría de manera protagónica
Leopold Von Ranke (1795-1886) quien daría a la corriente sus principales rasgos
metodológicos pero principalmente la teoría histórica que identificaba al estado con la nación que, de manera consciente y deliberada, preparaba el terreno
y luego justificaba la unificación alemana de 1871. Es por ello que Fontana
considera a Ranke “un funcionario ideológico del estado prusiano, útil,
servicial y plenamente consciente del papel que le tocaba”[11]
para luego dirigirle una de las líneas más duras de su obra: “Lo que sucede es
que los perros guardianes del sistema acaban creyendo que la casa que defienden
es suya, y no del dueño que les echa cada día la comida”[12].
Estas cuatro corrientes de la
contrarrevolución europea enfrentarán, a partir de 1848, la culminación teórica
de las ideas revolucionarias en la concepción del materialismo histórico de Carlos Marx y Federico Engels.
Al respecto, Fontana se niega a hablar de una
concepción marxista de la historia, pues considera que “historia, economía y
política marxistas (entre análisis del pasado, crítica del presente y propuesta
para el futuro)”[13]
es una innecesaria disección del pensamiento marxista, y se enfoca en presentar
la propuesta marxista como un todo. La primera prueba para este tratamiento del
pensamiento de Marx se tiene en el Manifiesto
comunista que inicia con el enunciado histórico (análisis del pasado) que
“la historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la
historia de luchas de clases” y finaliza con un llamado revolucionario
“¡Proletarios de todos los países, uníos! (proyecto político). Es decir, la
historia explica el presente pero no lo legitima, sino que lo expone para
transformarlo.
De esta manera, el materialismo histórico
interpreta la evolución de la historia humana a través de unas “etapas de
progreso que no son definidas fundamentalmente por el grado de desarrollo de la
producción, sino por la naturaleza de las relaciones que se establecen entre
los hombres que participan en el proceso productivo”[14].
Estos son los fundamentos más esenciales de la práctica marxista, que debido a
la elucubración dogmatizante, fueron fosilizados durante décadas.
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