Cultura
Arawak
Los
pueblos de cultura Arawak se extendieron en Venezuela entre los grandes grupos
culturales de los Timoto-Cuicas al occidente y los Caribes al sur y oriente,
ocupando la región llanera central y las vertientes internas de la Cordillera
de la Costa. Esencialmente sedentario, el hombre Arawak estuvo dominado por
complejos instintos creadores y modeladores que lo hacían gozarse en la
permanencia de valores adquiridos.
Desde
el 200 antes de Nuestra Era, los Arawak iniciaron el cultivo de maíz en las
sabanas altas de los actuales estados Barinas y Portuguesa, al que
posteriormente asociaron con el cultivo de la yuca amarga en un momento de auge
económico que coincidió con el inició de un desarrollo tecnológico que trajo
consigo la formación de aldeas más avanzadas, asociadas con obras de
terracería, tales como montículos, calzadas, etc., que evidencian un notable
aumento en complejidad tanto de la tecnología como de la estructura
socio-política de aquellas etnias (Sanoja, 1981: 105; Antolinéz, 1971: 215).
En
la cultura Arawak impera la figura femenina, es decir, la Naturaleza Madre,
debido en parte a las facilidades para la agricultura.
Predomina
el deseo de Seguridad Femenino, es
decir, la Sangre sobre el Espíritu, la Magia sobre la Religión. La Magia a su
vez se relaciona con el terror y la necesidad de controlar el Poder Fecundador
de la Naturaleza. La relación mística agua-mujer-luna está presente en la
cerámica y en la ritualística.
La
cultura Arawak se centra alrededor del misterio de la génesis humana, de la
Mater Primordial. En sus expresiones plásticas y estatuísticas exagera el
tamaño y apariencia de los órganos sexuales, pues los concibe como instrumentos
para producir la Vida Primordial.
El
Arawak exige exuberancia en sus figuras. Imprime el virtualismo exagerado de
las formas y los cánones. Amante de la línea curva, de las formas ovoidales y
del estilo “barroco” por decirlo de algún modo. Su cerámica y estatuística es
naturalista, epicúrea, báquica-erótica y profundamente telúrica. Dadas sus
condiciones de cultura matriarcal, la presencia de la mujer es constante.
Rechazando el geometrismo, sus estatuillas son intensamente expresionistas, en
donde se quiere manifestar la presencia poderosa de la vida vegetativa.
En
este sentido, el Arawak utilizó el enterramiento a dos tiempos, que consistía
en exponer el cadáver, por diferentes medios y diversos mecanismos que variaban
en función de las diferentes tribus en que se utilizaba, a un proceso de
descarnado de los huesos para luego guardar estos en grandes vasijas ovoidales
(que representaban el vientre materno) que se enterraban luego en pequeñas
colinas o cerritos (que representaban el vientre terrestre). Este rito es un
reflejo de la cultura matriarcal de los Arawak.
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line-height:150%'>Estas circunstancias se desarrollaban en el
contexto de una sociedad agraria bastante avanzada tecnológicamente en
comparación con las culturas caribes y Arawak del actual territorio venezolano.
En este sentido, los recientes estudios sobre
el desarrollo de la agricultura en América han revelado el cultivo de la raza
de maíz pollo por las tribus Timoto-Cuicas en la época pre-hispánica, lo que
relacionaría a estos pueblos con las tribus agricultoras del noreste colombiano
en una gran zona agrícola que abarcaría desde el sur de Centroamérica, el norte
de Colombia y el occidente de Venezuela en lo que Sanoja y otros han convenido
en llamar Zona de Semicultura Tardía
(Sanoja 1981).
Al respecto, el citado autor sostiene:
“Es
posible suponer que esta raza de maíz haya sido introducida desde Colombia
hacia Venezuela, que la misma haya existido ya silvestre en el suroeste de
Venezuela, o que hubiese sido introducida en ambas regiones a partir de un
centro ubicado en el sur de centroamérica. En todo caso, el suroeste de
Venezuela parece haber sido un centro importante del cultivo del Pollo, donde
constituía, al parecer, el elemento dominante, visto la regularidad de su
presencia en distintos sitios arqueológicos y la variada gama de ambientes y
culturas donde se han hallado sus restos. ” (Sanoja, 1981: 104).
La introducción de este tipo de maíz en
Venezuela podría fecharse hacia el 200 antes de Nuestra Era, ya que existe
fuerte evidencia que éste pudo haber sido hibridado y domesticado hacia el 3100
antes de Nuestra Era en el sitio de lago Gatún en Panamá.
Lo cierto es que el sistema
productivo de las tribus Timoto-Cuicas se basó en una tardía semicultura que
integraba elementos de una vegecultura tropical de altura.
Con respecto a la organización social, Briceño
Valero afirma que entre estos pueblos se practicaba la poligamia entre la clase sacerdotal y
cacical, mientras que el pueblo llano ejercía la monogamia. Sin embargo, es
importante señalar la institución monástica femenina en estas culturas. Estas
vírgenes residían en edificios especialmente diseñados para sus labores, que se
reducían al servicio religioso y al trabajo artesanal, cuando no eran llamadas
al harén del cacique o del sacerdote.
Como se ha señalado anteriormente, la cultura
Timoto-cuica era profundamente panteísta. Su divinidad por excelencia era el
Chen o Ches, un ser espiritual misterioso, etéreo, distante y sobrecogedor.
Divinidad aislada e inquietante, sin padre, hijos, hermanos, ni conyuge. Era asexual
e inabordable. Jamás materializaba su presencia y su voluntad sólo podía ser
conocida, una vez al año, mediante el éxtasis místico alcanzado por aquellos
hombres con habilidades hipersensoriales llamados sacerdotes.
Ches era la expresión de la Fuerza Trascendente e Inmanente del
universo. Un dios substractum que reunía las cualidades metafísicas de la
geografía andina, es decir, de la sublimidad del abismo, la soberbia de las
montañas y el silencio de los páramos. Base de todo conocimiento suprahumano,
sin contacto ni presión sobre dioses secundarios. Era la quintaesencia de lo
ininteligible, es decir, el misterio de lo misterioso.
Sin embargo, este extraño teluricismo de una
cultura agraria como la andina, es inusual, más aún cuando se abandona intencionalmente
a las divinidades báquicas, agrarias, por unas apolíneas, etéreas y místicas.
El Ches no compartía su naturaleza con ninguna
otra deidad inferior. El resto del panteón andino se reducía a múltiples dioses
trinos y hasta cuaternos representados en fetiches gorgónicos antropo y/o
zoomorfos como el murciélago funerario Toutsú.
Sin embargo, todo este contenido
mágico-religioso esconde una gran descarga afectiva que ha conmovido al hombre
indígena. Éste cree firmemente en su participación metafísica en la esencia de
todas las cosas y en la participación de todas las cosas en su propio ser. Esto
se conoce como el Principio de mística
participación o de Unión Interior, que establece una conexión co-esencial
entre todos los seres.
A pesar de la enorme evidencia de actividad
teísta en esta área cultural, muchos autores continúan identificando a los
pueblos Timoto-cuicas como manistas, por el reiterado culto hacia sus muertos también
llamados Kiskuyes o “señores de los páramos”, una relación
que no oculta el teluricismo de estos pueblos y su visión evolutiva del ser
místico y de la fertilidad del universo. Ser que nace de la fuerza fecundadora de la tierra, desde ella, oculto bajo
ella, en su reflejo metafísico que es el vientre de la madre; que vive sobre ella y de ella a través del alimento que cultiva durante su vida, y que al
morir vuelve a ella, al ser enterrado
en túmulos de roca que conservan el cuerpo en un estado de semi-momificación
debido a las condiciones climáticas, y que finalmente se eleva ante ella transformado en gloriosas
montañas y páramos. Convertido finalmente en una deidad ctónica. Esta elevación hacia lo apolíneo identifica
también los valores místicos vinculados a la divinidad celestial.
El hombre andino vivía en preparación para su
deificación, y en cierto sentido, la vida y la muerte no tenían otra
interpretación que el servicio y la gloria. De esta forma el muerto, el dios y
la piedra están presentes en todas sus actividades y en los fenómenos
lingüísticos polisémicos que atribuían varios conceptos a una misma palabra.
En este sentido, la divinidad telúrica fecundante e inmanente de la Naturaleza,
moría anualmente, por lo que los pueblos devotos se reunían en una comunión
mística a fin de contribuir con la resurrección de su Señor. Esta contribución
constituía el punto esencial del rito teísta, en donde el creyente hacía
sacrificios de sangre (sacrificios humanos) para que a partir de ella, de la
sangre derramada, el dios pudiese resucitar.
Pero también dicha comunión mística se realizaba
en actos menos sangrientos como lo era la ingesta ritual de alimentos: el dios muere
en el último grano de maíz, y resucita después de triturado y hecho pan, en la
carne y sangre de quien lo consume.
Por lo anteriormente expuesto, no debe
sorprender la relativamente rápida asimilación de los fundamentos cristianos a
la cultura andina. Pues la cultura Timoto-cuica está dominada por el deseo de Salvación masculino, es decir, del
Espíritu sobre la Sangre, de la Religión sobre la Magia. Eminentemente masculina,
radicalmente patriarcal y viril.
Al respecto, Antolinéz nos amplía:
“En
el duelo sexual de las culturas complejas, la Mujer, la Mater, es la Sangre, la
Materia Primordial. El Hombre, el Pater, el Totem, el Espíritu. Al duelo entre
Sangre y Espíritu corresponde la lucha entre los nexos familiares biológicos
contra los grupos religiosos espirituales representados por el ligamen
totémico; entre la Magia y la Religión; entre el deseo de Seguridad Femenino y el deseo de Salvación Masculino. La Magia acalla el terror y exalta el impulso
de potencia, puesto que es ya una técnica de dominación; la Religión aplaca la
angustia del hombre ante una fuerza trascendente sobrenatural, única fuente
para saciar el deseo de salvación del grupo” (Antolinéz, 1972)
Los Timoto-cuicas aborrecían la
representación del impulso telúrico. Toda génesis está manchada de impureza y
horror. Negando la matriz terrestre de toda vida y sustituyéndola por la
naturaleza apolínea. No hay mayor evidencia de esto que el status de la diosa
Chía en el panteón andino: una mujer desvergonzada, ebria y terriblemente
cruel, representación de los más bajos instintos telúricos, sensual pero
eficazmente mortal. Interesantemente Chía es la diosa de la luna, relación
mística en todos los pueblos “primitivos” con la Materia Primordial, relación entre agua-luna-mujer.
A todas estas, las representaciones
artísticas de los Timoto-cuicas reflejan de igual manera el contenido
ideológico de su cultura.
Predomina en la lítica y en la cerámica los
temas funerarios con usos evidentemente rituales, con abundancia de figuras con
la imagen del murciélago Toutsú, dios de las tinieblas y los muertos; y la
figura de la mariposa polilla o “pavón de
noche” imagen del mal agüero.
Su arte fue ideoplástico e idealista con
dominancia de la línea recta símbolo de la virilidad patriarcal, como también por
las figuras cúbicas y el tallado lítico. Por su parte la cerámica, que en la
mayoría de los casos es monocromática, tiende al uso de la línea curva y de las
figuras ovaladas.
gracias estubo super la respuesta
ResponderEliminargracias! sivio para algo...
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