miércoles, 14 de noviembre de 2012


LOS PERROS QUE ESCRIBEN
ANÁLISIS DEL LIBRO "HISTORIA: ANÁLISIS DEL PASADO Y PROYECTO SOCIAL" DE JOSEP FONTANA.



III 
(Segunda Parte)

El desarrollo del comercio europeo y de las ciudades comerciales italianas, especialmente Venecia y Génova y Florencia acelerará la aparición del movimiento de revitalización del conocimiento europeo llamado Renacimiento y de un estilo de historia humanista en la que “por primera vez se explotarían los hechos de la antigüedad para valorarlos políticamente, sin empeñarse en buscar en ellos la acción de la providencia y el cumplimiento de las profecías bíblicas”[1]
Serán personajes como Nicolás Maquiavelo (1469-1527) y Francesco Guicciardini (1483-1540) lo más destacado de esta etapa. Y Fontana no oculta su admiración por el primero comentando:
“Maquiavelo ambicionaba una especie de cuerpo doctrinal político, elaborado a partir de la historia (…) Que quienes le aborrecían por estas ideas republicanas lograsen convencer al mundo de que este hombre era un defensor de la tiranía y que se haya identificado el adjetivo maquiavélico con conceptos que no tienen nada que ver con su pensar recto, claro y libre, es algo que debe hacernos meditar acerca de la mentira del saber académico que propicia tales engaños”[2]
           
En este mismo periodo, pero esta vez en Castilla, se asistía al quiebre definitivo de las antiguas concepciones del cosmos legadas por Ptolomeo con el descubrimiento para Europa del Nuevo Mundo[3], y pudo este impulso colectivo dinamizar la aparición de una nueva historiografía, sin embargo, sólo logró la fugaz aparición de una corriente de cronistas –Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), el padre de Las Casas (c. 1474-1566), fray Tomás de Mercado (c. 1530-1576)- que echó las bases de la antropología moderna.
Simultáneamente, en Francia Mabillon (1632-1707) elaboraba el cuerpo de métodos y reglas para el estudio de los documentos que daría origen a la crítica textual que tanta importancia ha significado para la ciencia de la historia.  
Todo este cambio, representó una nueva oportunidad para la conformación de ideas subversivas al sistema representadas principalmente en Campanella y en los diggers de Winstanley durante la revolución inglesa del siglo XVII que se tratará a continuación.
Con la revolución inglesa del siglo XVII se inicia esta dinámica etapa de la historia europea que se ha venido a denominar Ilustración o iluminismo en la que aparecen personajes como Pierre Bayle (1647-1706) quien sistematizó el pirronismo histórico[4], sin mayor legado que la proyección de la lengua francesa en Europa a través de sus obras; pero en el que sin duda destaca un hombre que a la larga se convertirá en los símbolos de esta época.
Voltaire (1694-1778) ha dejado al resto de pensadores ilustrados la concepción de la historia como una “herramienta para  la comprensión de la sociedad” y que además provoca la admiración de Fontana debido a su osadía para enfrentar a un sistema que para la época contaba con todas las formas de coerción imaginables. Sobre él, Fontana dirá:
“A una visión de la historia que se funda en la evolución del espíritu humano corresponde una concepción política que sostiene que es la ilustración de los hombres, como instrumento de modificación de su conciencia, la que ha de transformar el mundo. Y a esa concepción política corresponde, a su vez, un programa de acción como el de los ilustrados, que Voltaire ha puesto en práctica, no sólo por medio de sus escritos, sino también con sus combates por la justicia y la tolerancia”[5]

Por su parte, Charles-Louis de Secondat (1689-1755) llamado Montesquieu aportará  a la teoría de la historia –desde el punto de vista de proyecto social y político que explora Fontana- dos aspectos esencialmente:
“La primera (…) es la distinción entre lo meramente accidental y aquello que tiene una importancia estructural para explicar los fenómenos históricos: la afirmación de que existen unas causas generales que permiten dar cuenta de la evolución histórico y que justifican el estudio científico de ésta. La segunda es la visión de la evolución humana como el paso por una sucesión de etapas definidas por la forma en que los hombres obtienen su subsistencia”[6]

La figura de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) aunque según Fontana resulte más “un desvío que una etapa” en el desarrollo de las ideas ilustradas sobre la historia es digno de nombrar pues repercutirá (aunque él no lo hubiese deseado) en el desarrollo de la revolución francesa con sus ideas sobre la vocación maligna de la sociedad que corrompe a sus miembros.
Por último, Bonnot de Mably (1709-1785) y Diderot (1713-1784) representarán un puente entre las ideas de la ilustración y de la revolución, esto es el abandono de la esperanza de reforma de la sociedad feudal, logrando los beneficios de la prosperidad capitalista de estilo inglés, conservando el estatuto social señorial que infructuosamente intentó Turgot (1727-1781).
Esta prosperidad que había deslumbrado a Europa desde Inglaterra, fue resultado de un traumático proceso que inició con la “abolición de las tenencias feudales, en 1646”, que “abrió el camino para una etapa de desarrollo capitalista en la agricultura que, sumada a la expansión comercial, sentó las bases que harían posible la eclosión de la revolución industrial, un siglo más tarde”[7], pero en el siglo XVIII representaba la opción al vetusto régimen feudal que imperaba en Europa.
Este modelo de desarrollo capitalista será expuesto al mundo a través de las obras de los miembros de la denominada escuela escocesa,  quienes elaboraron una teoría de la historia que venía prácticamente a hacer una genealogía del capitalismo.
“La parte central de esta visión era, precisamente, su concepción de la historia: una concepción que presentaría el curso de la evolución del hombre como un ascenso hasta el capitalismo, y que se prolongaría en una proyección hacia el futuro en el que el desarrollo económico (…) permitiría satisfacer las necesidades y las aspiraciones de la humanidad entera”.[8]

Uno de los principales representantes de la mencionada escuela será John Locke (1632-1704) quien reflejó en su teoría del gobierno civil la concepción whig de la historia que partía de la idea de que:
“…los hombres habían cedido voluntariamente a un soberano la libertad de que gozaban en el estado de naturaleza, pero no sólo para que este soberano les garantizara una protección personal (…) sino para que la sociedad política y los legisladores cumplieran con la misión fundamental de salvaguardar las propiedades de todos[9]

Pero no solamente se encargó Locke del terreno político, sino que a su proyecto político correspondía una visión de la economía que partía del carácter sacrosanto de la propiedad privada definida esta como “un derecho absoluto y exclusivo sobre las cosas”, es decir, le eximía de la posibilidad de compartir los ingresos por ella conseguidos, lo que excluía de su teoría a la propiedad feudal compartida (viejo enemigo) y mucho más a la idea de una propiedad comunitaria (nuevo y peligroso contrincante).
Sin embargo, será David Hume (1711-1776) quien  elaborará un esquema interpretativo de la concepción capitalista de la historia. Fontana lo expone de la siguiente manera:
“Hume parte de una consideración de las etapas del desarrollo humano que aparece estrechamente ligada a las actividades económicas. La primera fase fue la del salvajismo, en que los hombres se dedicaban únicamente a la caza y a la pesca. De ahí se salió para pasar a otra en que crecieron desigualmente la agricultura y las manufacturas: una economía de base agraria, semejante a la que dominaba en la mayor parte de la Europa de su tiempo (…) Dentro de esta sociedad, el desarrollo económico se basa en la división del trabajo y la articulación del mercado. En la primera etapa, estos mecanismos actúan internamente, sobre la base del intercambio de los excedentes campesinos por las manufacturas locales. Muy pronto, sin embargo, el comercio exterior y el lujo resultarán determinantes para acelerar la producción. La atracción de los objetos nuevos llevados por el comercio lejano incita a los poderosos a consumir unas mercancías que sus antepasados desconocían; los grandes beneficios de este tráfico incitan a otros comerciantes a entrar en la competencia y, finalmente, la industria local procura imitar estos productos foráneos, para los que hay un ventajoso mercado”[10]

Otros intelectuales seguirán a Hume en la elaboración de una teoría de la historia basada en el desarrollo capitalista entre los que Fontana menciona a Edward Gibbon (1737-1794), Adam Ferguson (1723-1816) y William Robertson (1721-1793). Pero sin duda, la figura más importante de la escuela escocesa es Adam Smith (1723-1790). Su pensamiento se fundamenta en “la defensa de la propiedad como fundamento del orden civil” y en las ideas de Hume y Montesquieu que resultan en:
“…la combinación de una visión de la historia como ascenso de la barbarie hacia el capitalismo, un programa para el pleno desarrollo de éste –dentro de un marco de liberalismo económico, con un sistema político que garantice el respeto por la propiedad privada- y una anticipación de un futuro de prosperidad y riqueza para todos”[11]

En este sentido, la visión histórica de Smith le lleva a subestimar el terreno político en el desarrollo de dichas transformaciones. Fontana continúa diciendo: “Una visión economicista como la de Smith elimina deliberadamente toda referencia a  las transformaciones políticas, que aparecen como una consecuencia del proceso de desarrollo económico”[12].
Esta visión de la historia y sobre todo del progreso humano (un progreso eminentemente capitalista) se convirtió en “la base sobre la cual se edificaron las ciencias sociales de nuestro tiempo”[13] y que por lo tanto se han transformado en las bases teóricas combatidas por las corrientes subversivas al sistema (esto es opcionales al mismo).


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