Cultura Caribe
Las
belicosas tribus Caribes que dejaron honda huella en los anales españoles por
la ardua resistencia que sostuvieron durante la conquista, se extendían desde
las riberas del Orinoco al sur, hasta las costas nororientales y centrales del
litoral venezolano, incluyendo las islas de Coche, Cubagua y Margarita. Las
evidencias más antiguas de los asentamientos Caribes se remontan al 6700 antes
de Nuestra Era aproximadamente en el litoral de Paria en el Oriente del país.
Estas tribus que concentraron una intensa migración proveniente del Bajo
Orinoco desde los primeros siglos de
Nuestra Era utilizaban implementos líticos como hachas, azadas, manos
cónicas de moler, entre otros. Este hecho indica que las tribus Caribe del
Oriente venezolano habían domesticado desde muy temprano la yuca dulce o Manihot esculenta Crantz, hacia el 4600
a.N.E. aproximadamente.
Antes
de continuar con la descripción de los fundamentos culturales-religiosos de las
tribus Caribes se hace necesario puntualizar la existencia de varias fases
culturales que aportaron diversos elementos a las etnias que poblaban los
territorios de la Orinoquia-Amazonia, el Noreste y el litoral centro-oriental
de la actual república de Venezuela al momento del contacto con los españoles. A saber:
1. Grupos
cazadores recolectores del interior que habitaban el territorio que se extiende
desde Río Grande do Sul hasta Guyana, ubicados tentativamente entre 14.240 –
7.070 a.C.
2. Grupos
de economía de caza, pesca y recolección marina.
3. Sociedad
arcaica caracterizada por una intensificación del sedentarismo, la agricultura,
caza, pesca y recolección marina, riparia y terrestre.
4. Sociedades
plenamente agroalfareras.
Esta
evolución tecnológica se basó principalmente en el cultivo de la yuca en sus
dos modalidades (dulce y amarga) y en el posterior desarrollo de una industria
que tuvo como principal logro la invención del cazabe y de su método de
confección, lo que significó la conservación de alimentos calóricamente ricos y
una posible comercialización de los mismos. Es decir, que a pesar del ambiente
selvático, tan agreste para las grandes plantaciones vegecultoras, el
desarrollo del cultivo de la yuca fue decisivo en la expansión de la cultura
Caribe por todo el Noreste suramericano.
En
este sentido, no debe sorprender que entre las tribus amazónico-orinocenses, de
las cuales los Caribes eran la dominante, el dios supremo por excelencia
estuviese vinculado a la tierra fecunda, también llamado Buen Principio Kachimána, o Yuruparí, el Regente de las cosechas.
El
culto a esta divinidad se llevaba a cabo a través de la representación teatral
de la fertilización de la tierra por el Espíritu, en danzas de flagelación,
organizadas en seis grandes festividades llamadas NDAUKÚRI correspondientes a
la recolección de los frutos silvestres.
Iniciaban con un ayuno, luego unas danzas con
máscaras imitando a los animales totémicos y terminaba con una orgía general en
la que participaban especialmente los jóvenes púberes como ritual oficial de
madurez.
El
propósito de esta orgía desenfrenada era la representación mística de la cópula
de la tierra con el dios de la fecundidad, quien, al igual que los hombres y
jóvenes primerizos vertía su fuerza vital, su semen, en tierra para fecundarla
y mantener próspero el universo.
Otra lectura que se le ha dado a las orgías
rituales de las tribus caribes está en la conmemoración de una antigua leyenda
relacionada con el mito de Yuruparí, y dividido en varias “estaciones”:
1. Nacimiento
milagroso de Yuruparí
2. Crecimiento
en Sabiduría
3. La
reunión por Yuruparí, de los futuros adeptos a su pensamiento
4. Enseñanza
oral de su Código Moral
5. Yuruparí
devora a los niños transgresores del ayuno (Código Moral)
6. Incineración
de Yuruparí por los parientes de las víctimas
7. Nacimiento
de dos palmeras que contienen el alma de Yuruparí
8. Resurrección
del dios y ascensión al cielo por el tronco de las palmeras
9. Invocación
al dios establecido en su cielo propio
10. Descenso
del dios en la persona del piache
11. Danzas,
libaciones y orgía carnal en acción de gracias al dios y la correspondiente
fecundación mimética de la Naturaleza.
Como se ve, la relación que establece el caribe
con el acto sexual es de ritual agradable ante los ojos de sus dioses, dioses
estos de doble naturaleza, o mejor dicho, embuídos en la misma naturaleza de la
selva y del universo: bondadosos pero peligrosos, dignos de admiración pero
también de profundo terror, vacilantes
entre la misericordia y la aniquilación.
De esta manera, el dualismo ético-religioso
occidental es totalmente inexistente en esta cultura. No hay
dioses buenos y demonios malos, sino que ambas naturalezas se hallan inmersas
en una sola, indisolublemente fusionada. El dios bondadoso tarde o temprano
podría convertirse en la ruina de la tribu y el demonio desolador de la selva
era a la vez el dulce genio de los bosques y protector de los animales.
Dentro de este conjunto cultural prevalecía
un profundo carácter ético que en cierta forma determinaba las acciones de las
tribus caribes; un sentimiento thanático que imperaba en todas sus actividades. El caribe
estaba enamorado de la muerte, dominado por un complejo destructor relacionado
con el culto a la Sangre.
En este sentido, el thanatismo del caribe estaba fundamentado en un sentimiento de
alegría en la muerte y una profunda creencia en la cualidad mágico-religiosa de
la sangre derramada.
Este sentimiento no es único de los caribes.
No se trata de una perversión humana o un instinto diabólico. La sangre como
concepto psíquico y elemento biológico despierta en el ser humano, reacciones
impresionantes. El cuerpo humano al oler la sangre se activa automáticamente,
se vuelve atento a su entorno, sus sentidos se abren y los niveles de hormonas
estimulantes aumentan considerablemente. Cuando la sangre de un ser vivo brota
a borbotones, “una serie de emociones se sienten: temor, excitación, lujuria,
piedad, el instinto de procreación, la idea de la rica exuberancia de la vida”.
La sangre era, en conclusión, el fluido mágico, esencia vital que unía al
hombre con el universo y con el resto de la Naturaleza. Su derramamiento no era
más que la fertilización, la “bendición” de la tierra.
Sin embargo, no sólo se trataba del
sentimiento biológico, psíquico y místico de la sangre derramada lo que movió a
las tribus caribes a emprender verdaderas campañas desoladoras en buena parte
del territorio suramericano. El ser humano, al igual que todos los seres vivos posee
una fuerza vital que le viene dada desde su creación y que se recicla en la
Naturaleza misma luego de su muerte. Esta fuerza vital es llamada por la antropología
“maná” para relacionarla con el mismo concepto en diferentes culturas a nivel
mundial.
El maná
del hombre no puede enfrentarse solitariamente al terrible maná de la Naturaleza despiadada. Por
ello se hace necesaria y obligatoria la convivencia de éste en una tribu, para
formar un fuerte maná colectivo. Sin
embargo, si uno de los miembros de la tribu es asesinado por un hombre de una
tribu vecina, el maná de la víctima
no vuelve al universo, sino que es absorbido por el asesino y por consiguiente,
por su tribu de origen. Se hace imperativo entonces, devolver el maná perdido a la tribu y asesinar al
victimario, sin importar si fue un homicidio o un accidente.
Para cumplir esta labor la cultura caribe
creó la figura del Kanaimá, “el
vengador de la sangre”, quien, revestido con las fuerzas violentas de la tribu,
es capaz de destrozar con sus propias manos el cuerpo del homicida.
El Kanaimá posee diversas variantes
dependiendo de la forma que tome para consumar su venganza. Por ejemplo, el Kanaimá-fiera es un hombre que durante
la noche se transforma en jaguar y persigue el rastro de su presa, y la fiera-Kanaimá, es un brujo que decide
tomar la forma permanente de una fiera carnívora hasta destruir a su objetivo.
En la realidad, el Kanaimá, a partir de un
rito de consagración, tomaba para sí las fuerzas violentas de su grupo, y
dominado por una ira inusual (en parte por la conciencia de su misión, y en
parte por el efecto de los alucinógenos que consumía antes de emprender su
cacería) partía de la tribu durante meses hasta dar con la muerte de su presa.
El asesino es perseguido inevitablemente por
el Kanaimá, y nada ni nadie puede interrumpir su triste destino. Este castigo
aplica tanto para el homicidio voluntario como para el involuntario, pues en el
Código moral indígena todo homicidio es culposo, pues en el universo nada
ocurre por accidente, sino por la voluntad expresa y tácita del poseedor de
determinado maná.
En la adquisición del maná a través del asesinato es que se puede explicar el deseo sanguinario
de los Caribes y su temperamento glorificador de la sangre derramada.
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