miércoles, 14 de noviembre de 2012


Cultura Caribe

Las belicosas tribus Caribes que dejaron honda huella en los anales españoles por la ardua resistencia que sostuvieron durante la conquista, se extendían desde las riberas del Orinoco al sur, hasta las costas nororientales y centrales del litoral venezolano, incluyendo las islas de Coche, Cubagua y Margarita. Las evidencias más antiguas de los asentamientos Caribes se remontan al 6700 antes de Nuestra Era aproximadamente en el litoral de Paria en el Oriente del país. Estas tribus que concentraron una intensa migración proveniente del Bajo Orinoco desde los primeros siglos de  Nuestra Era utilizaban implementos líticos como hachas, azadas, manos cónicas de moler, entre otros. Este hecho indica que las tribus Caribe del Oriente venezolano habían domesticado desde muy temprano la yuca dulce o Manihot esculenta Crantz, hacia el 4600 a.N.E. aproximadamente.
Antes de continuar con la descripción de los fundamentos culturales-religiosos de las tribus Caribes se hace necesario puntualizar la existencia de varias fases culturales que aportaron diversos elementos a las etnias que poblaban los territorios de la Orinoquia-Amazonia, el Noreste y el litoral centro-oriental de la actual república de Venezuela al momento del contacto con los españoles.  A saber:
1.    Grupos cazadores recolectores del interior que habitaban el territorio que se extiende desde Río Grande do Sul hasta Guyana, ubicados tentativamente entre 14.240 – 7.070 a.C.
2.    Grupos de economía de caza, pesca y recolección marina.
3.    Sociedad arcaica caracterizada por una intensificación del sedentarismo, la agricultura, caza, pesca y recolección marina, riparia y terrestre.
4.    Sociedades plenamente agroalfareras.
Esta evolución tecnológica se basó principalmente en el cultivo de la yuca en sus dos modalidades (dulce y amarga) y en el posterior desarrollo de una industria que tuvo como principal logro la invención del cazabe y de su método de confección, lo que significó la conservación de alimentos calóricamente ricos y una posible comercialización de los mismos. Es decir, que a pesar del ambiente selvático, tan agreste para las grandes plantaciones vegecultoras, el desarrollo del cultivo de la yuca fue decisivo en la expansión de la cultura Caribe por todo el Noreste suramericano.
En este sentido, no debe sorprender que entre las tribus amazónico-orinocenses, de las cuales los Caribes eran la dominante, el dios supremo por excelencia estuviese vinculado a la tierra fecunda, también llamado Buen Principio Kachimána, o Yuruparí, el Regente de las cosechas.
El culto a esta divinidad se llevaba a cabo a través de la representación teatral de la fertilización de la tierra por el Espíritu, en danzas de flagelación, organizadas en seis grandes festividades llamadas NDAUKÚRI correspondientes a la recolección de los frutos silvestres.
  Iniciaban con un ayuno, luego unas danzas con máscaras imitando a los animales totémicos y terminaba con una orgía general en la que participaban especialmente los jóvenes púberes como ritual oficial de madurez.
El propósito de esta orgía desenfrenada era la representación mística de la cópula de la tierra con el dios de la fecundidad, quien, al igual que los hombres y jóvenes primerizos vertía su fuerza vital, su semen, en tierra para fecundarla y mantener próspero el universo.
Otra lectura que se le ha dado a las orgías rituales de las tribus caribes está en la conmemoración de una antigua leyenda relacionada con el mito de Yuruparí, y dividido en varias “estaciones”:
1.    Nacimiento milagroso de Yuruparí
2.    Crecimiento en Sabiduría
3.    La reunión por Yuruparí, de los futuros adeptos a su pensamiento
4.    Enseñanza oral de su Código Moral
5.    Yuruparí devora a los niños transgresores del ayuno (Código Moral)
6.    Incineración de Yuruparí por los parientes de las víctimas
7.    Nacimiento de dos palmeras que contienen el alma de Yuruparí
8.    Resurrección del dios y ascensión al cielo por el tronco de las palmeras
9.    Invocación al dios establecido en su cielo propio
10. Descenso del dios en la persona del piache
11. Danzas, libaciones y orgía carnal en acción de gracias al dios y la correspondiente fecundación mimética de la Naturaleza.
Como se ve, la relación que establece el caribe con el acto sexual es de ritual agradable ante los ojos de sus dioses, dioses estos de doble naturaleza, o mejor dicho, embuídos en la misma naturaleza de la selva y del universo: bondadosos pero peligrosos, dignos de admiración pero también de profundo terror,  vacilantes entre la misericordia y la aniquilación.
De esta manera, el dualismo ético-religioso occidental es totalmente inexistente en esta cultura. No hay dioses buenos y demonios malos, sino que ambas naturalezas se hallan inmersas en una sola, indisolublemente fusionada. El dios bondadoso tarde o temprano podría convertirse en la ruina de la tribu y el demonio desolador de la selva era a la vez el dulce genio de los bosques y protector de los animales.
Dentro de este conjunto cultural prevalecía un profundo carácter ético que en cierta forma determinaba las acciones de las tribus caribes; un sentimiento thanático  que imperaba en todas sus actividades. El caribe estaba enamorado de la muerte, dominado por un complejo destructor relacionado con el culto a la Sangre.
En este sentido, el thanatismo del caribe estaba fundamentado en un sentimiento de alegría en la muerte y una profunda creencia en la cualidad mágico-religiosa de la sangre derramada.
Este sentimiento no es único de los caribes. No se trata de una perversión humana o un instinto diabólico. La sangre como concepto psíquico y elemento biológico despierta en el ser humano, reacciones impresionantes. El cuerpo humano al oler la sangre se activa automáticamente, se vuelve atento a su entorno, sus sentidos se abren y los niveles de hormonas estimulantes aumentan considerablemente. Cuando la sangre de un ser vivo brota a borbotones, “una serie de emociones se sienten: temor, excitación, lujuria, piedad, el instinto de procreación, la idea de la rica exuberancia de la vida”. La sangre era, en conclusión, el fluido mágico, esencia vital que unía al hombre con el universo y con el resto de la Naturaleza. Su derramamiento no era más que la fertilización, la “bendición” de la tierra.
Sin embargo, no sólo se trataba del sentimiento biológico, psíquico y místico de la sangre derramada lo que movió a las tribus caribes a emprender verdaderas campañas desoladoras en buena parte del territorio suramericano. El ser humano, al igual que todos los seres vivos posee una fuerza vital que le viene dada desde su creación y que se recicla en la Naturaleza misma luego de su muerte. Esta fuerza vital es llamada por la antropología “maná” para relacionarla con el mismo concepto en diferentes culturas a nivel mundial.
El maná del hombre no puede enfrentarse solitariamente al terrible maná de la Naturaleza despiadada. Por ello se hace necesaria y obligatoria la convivencia de éste en una tribu, para formar un fuerte maná colectivo. Sin embargo, si uno de los miembros de la tribu es asesinado por un hombre de una tribu vecina, el maná de la víctima no vuelve al universo, sino que es absorbido por el asesino y por consiguiente, por su tribu de origen. Se hace imperativo entonces, devolver el maná perdido a la tribu y asesinar al victimario, sin importar si fue un homicidio o un accidente.
Para cumplir esta labor la cultura caribe creó la figura del Kanaimá, “el vengador de la sangre”, quien, revestido con las fuerzas violentas de la tribu, es capaz de destrozar con sus propias manos el cuerpo del homicida.
El Kanaimá posee diversas variantes dependiendo de la forma que tome para consumar su venganza. Por ejemplo, el Kanaimá-fiera es un hombre que durante la noche se transforma en jaguar y persigue el rastro de su presa, y la fiera-Kanaimá, es un brujo que decide tomar la forma permanente de una fiera carnívora hasta destruir a su objetivo.
En la realidad, el Kanaimá, a partir de un rito de consagración, tomaba para sí las fuerzas violentas de su grupo, y dominado por una ira inusual (en parte por la conciencia de su misión, y en parte por el efecto de los alucinógenos que consumía antes de emprender su cacería) partía de la tribu durante meses hasta dar con la muerte de su presa.
El asesino es perseguido inevitablemente por el Kanaimá, y nada ni nadie puede interrumpir su triste destino. Este castigo aplica tanto para el homicidio voluntario como para el involuntario, pues en el Código moral indígena todo homicidio es culposo, pues en el universo nada ocurre por accidente, sino por la voluntad expresa y tácita del poseedor de determinado maná.
En la adquisición del maná a través del asesinato es que se puede explicar el deseo sanguinario de los Caribes y su temperamento glorificador de la sangre derramada. 

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