Cultura
Timoto-cuica
Ubicados en la Cordillera de los Andes, al
occidente de Venezuela, entre los fértiles valles que desde tiempos
inmemoriales atrajeron a grandes oleadas de cazadores-recolectores, los Timoto-Cuicas
(desaparecidos como etnia pero presentes en el profundo mestizaje de la
población andino-venezolana) poseen una de las más ricas tradiciones representativo-religiosas
y valorativas por haber alcanzado en su estadio pre-hispánico una condición social
profundamente panteísta que asimiló relativamente rápido la religión cristiana,
debido principalmente a las siguientes circunstancias:
1. Presencia
en su idioma de una misma palabra para identificar varios conceptos, como por
ejemplo la palabra Kchuta que
identificaba al mismo tiempo al dios cristiano Jesucristo, al templo cristiano
de piedra, a la semana de siete días y al día domingo, todas ellas relacionadas
con la nueva religión de los conquistadores.
2. La Divinidad se manifestaba únicamente en el
templo presidido por su agente: el sacerdote, quien controlaba el tratamiento
de las enfermedades, el tiempo atmosférico y el culto religioso en el templo.
3. Culto
hacia los antepasados en un nivel superior al manismo propiamente definido.
4. Exigencia
de la Virgo Intacta para la mujer
antes del matrimonio.
Estas circunstancias se desarrollaban en el
contexto de una sociedad agraria bastante avanzada tecnológicamente en
comparación con las culturas caribes y Arawak del actual territorio venezolano.
En este sentido, los recientes estudios sobre
el desarrollo de la agricultura en América han revelado el cultivo de la raza
de maíz pollo por las tribus Timoto-Cuicas en la época pre-hispánica, lo que
relacionaría a estos pueblos con las tribus agricultoras del noreste colombiano
en una gran zona agrícola que abarcaría desde el sur de Centroamérica, el norte
de Colombia y el occidente de Venezuela en lo que Sanoja y otros han convenido
en llamar Zona de Semicultura Tardía
(Sanoja 1981).
Al respecto, el citado autor sostiene:
“Es
posible suponer que esta raza de maíz haya sido introducida desde Colombia
hacia Venezuela, que la misma haya existido ya silvestre en el suroeste de
Venezuela, o que hubiese sido introducida en ambas regiones a partir de un
centro ubicado en el sur de centroamérica. En todo caso, el suroeste de
Venezuela parece haber sido un centro importante del cultivo del Pollo, donde
constituía, al parecer, el elemento dominante, visto la regularidad de su
presencia en distintos sitios arqueológicos y la variada gama de ambientes y
culturas donde se han hallado sus restos. ” (Sanoja, 1981: 104).
La introducción de este tipo de maíz en
Venezuela podría fecharse hacia el 200 antes de Nuestra Era, ya que existe
fuerte evidencia que éste pudo haber sido hibridado y domesticado hacia el 3100
antes de Nuestra Era en el sitio de lago Gatún en Panamá.
Lo cierto es que el sistema
productivo de las tribus Timoto-Cuicas se basó en una tardía semicultura que
integraba elementos de una vegecultura tropical de altura.
Con respecto a la organización social, Briceño
Valero afirma que entre estos pueblos se practicaba la poligamia entre la clase sacerdotal y
cacical, mientras que el pueblo llano ejercía la monogamia. Sin embargo, es
importante señalar la institución monástica femenina en estas culturas. Estas
vírgenes residían en edificios especialmente diseñados para sus labores, que se
reducían al servicio religioso y al trabajo artesanal, cuando no eran llamadas
al harén del cacique o del sacerdote.
Como se ha señalado anteriormente, la cultura
Timoto-cuica era profundamente panteísta. Su divinidad por excelencia era el
Chen o Ches, un ser espiritual misterioso, etéreo, distante y sobrecogedor.
Divinidad aislada e inquietante, sin padre, hijos, hermanos, ni conyuge. Era asexual
e inabordable. Jamás materializaba su presencia y su voluntad sólo podía ser
conocida, una vez al año, mediante el éxtasis místico alcanzado por aquellos
hombres con habilidades hipersensoriales llamados sacerdotes.
Ches era la expresión de la Fuerza Trascendente e Inmanente del
universo. Un dios substractum que reunía las cualidades metafísicas de la
geografía andina, es decir, de la sublimidad del abismo, la soberbia de las
montañas y el silencio de los páramos. Base de todo conocimiento suprahumano,
sin contacto ni presión sobre dioses secundarios. Era la quintaesencia de lo
ininteligible, es decir, el misterio de lo misterioso.
Sin embargo, este extraño teluricismo de una
cultura agraria como la andina, es inusual, más aún cuando se abandona intencionalmente
a las divinidades báquicas, agrarias, por unas apolíneas, etéreas y místicas.
El Ches no compartía su naturaleza con ninguna
otra deidad inferior. El resto del panteón andino se reducía a múltiples dioses
trinos y hasta cuaternos representados en fetiches gorgónicos antropo y/o
zoomorfos como el murciélago funerario Toutsú.
Sin embargo, todo este contenido
mágico-religioso esconde una gran descarga afectiva que ha conmovido al hombre
indígena. Éste cree firmemente en su participación metafísica en la esencia de
todas las cosas y en la participación de todas las cosas en su propio ser. Esto
se conoce como el Principio de mística
participación o de Unión Interior, que establece una conexión co-esencial
entre todos los seres.
A pesar de la enorme evidencia de actividad
teísta en esta área cultural, muchos autores continúan identificando a los
pueblos Timoto-cuicas como manistas, por el reiterado culto hacia sus muertos también
llamados Kiskuyes o “señores de los páramos”, una relación
que no oculta el teluricismo de estos pueblos y su visión evolutiva del ser
místico y de la fertilidad del universo. Ser que nace de la fuerza fecundadora de la tierra, desde ella, oculto bajo
ella, en su reflejo metafísico que es el vientre de la madre; que vive sobre ella y de ella a través del alimento que cultiva durante su vida, y que al
morir vuelve a ella, al ser enterrado
en túmulos de roca que conservan el cuerpo en un estado de semi-momificación
debido a las condiciones climáticas, y que finalmente se eleva ante ella transformado en gloriosas
montañas y páramos. Convertido finalmente en una deidad ctónica. Esta elevación hacia lo apolíneo identifica
también los valores místicos vinculados a la divinidad celestial.
El hombre andino vivía en preparación para su
deificación, y en cierto sentido, la vida y la muerte no tenían otra
interpretación que el servicio y la gloria. De esta forma el muerto, el dios y
la piedra están presentes en todas sus actividades y en los fenómenos
lingüísticos polisémicos que atribuían varios conceptos a una misma palabra.
En este sentido, la divinidad telúrica fecundante e inmanente de la Naturaleza,
moría anualmente, por lo que los pueblos devotos se reunían en una comunión
mística a fin de contribuir con la resurrección de su Señor. Esta contribución
constituía el punto esencial del rito teísta, en donde el creyente hacía
sacrificios de sangre (sacrificios humanos) para que a partir de ella, de la
sangre derramada, el dios pudiese resucitar.
Pero también dicha comunión mística se realizaba
en actos menos sangrientos como lo era la ingesta ritual de alimentos: el dios muere
en el último grano de maíz, y resucita después de triturado y hecho pan, en la
carne y sangre de quien lo consume.
Por lo anteriormente expuesto, no debe
sorprender la relativamente rápida asimilación de los fundamentos cristianos a
la cultura andina. Pues la cultura Timoto-cuica está dominada por el deseo de Salvación masculino, es decir, del
Espíritu sobre la Sangre, de la Religión sobre la Magia. Eminentemente masculina,
radicalmente patriarcal y viril.
Al respecto, Antolinéz nos amplía:
“En
el duelo sexual de las culturas complejas, la Mujer, la Mater, es la Sangre, la
Materia Primordial. El Hombre, el Pater, el Totem, el Espíritu. Al duelo entre
Sangre y Espíritu corresponde la lucha entre los nexos familiares biológicos
contra los grupos religiosos espirituales representados por el ligamen
totémico; entre la Magia y la Religión; entre el deseo de Seguridad Femenino y el deseo de Salvación Masculino. La Magia acalla el terror y exalta el impulso
de potencia, puesto que es ya una técnica de dominación; la Religión aplaca la
angustia del hombre ante una fuerza trascendente sobrenatural, única fuente
para saciar el deseo de salvación del grupo” (Antolinéz, 1972)
Los Timoto-cuicas aborrecían la
representación del impulso telúrico. Toda génesis está manchada de impureza y
horror. Negando la matriz terrestre de toda vida y sustituyéndola por la
naturaleza apolínea. No hay mayor evidencia de esto que el status de la diosa
Chía en el panteón andino: una mujer desvergonzada, ebria y terriblemente
cruel, representación de los más bajos instintos telúricos, sensual pero
eficazmente mortal. Interesantemente Chía es la diosa de la luna, relación
mística en todos los pueblos “primitivos” con la Materia Primordial, relación entre agua-luna-mujer.
A todas estas, las representaciones
artísticas de los Timoto-cuicas reflejan de igual manera el contenido
ideológico de su cultura.
Predomina en la lítica y en la cerámica los
temas funerarios con usos evidentemente rituales, con abundancia de figuras con
la imagen del murciélago Toutsú, dios de las tinieblas y los muertos; y la
figura de la mariposa polilla o “pavón de
noche” imagen del mal agüero.
Su arte fue ideoplástico e idealista con
dominancia de la línea recta símbolo de la virilidad patriarcal, como también por
las figuras cúbicas y el tallado lítico. Por su parte la cerámica, que en la
mayoría de los casos es monocromática, tiende al uso de la línea curva y de las
figuras ovaladas.
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