miércoles, 14 de noviembre de 2012


                                     Cultura Timoto-cuica

Ubicados en la Cordillera de los Andes, al occidente de Venezuela, entre los fértiles valles que desde tiempos inmemoriales atrajeron a grandes oleadas de cazadores-recolectores, los Timoto-Cuicas (desaparecidos como etnia pero presentes en el profundo mestizaje de la población andino-venezolana)  poseen  una de las más ricas tradiciones representativo-religiosas y valorativas por haber alcanzado en su estadio pre-hispánico una condición social profundamente panteísta que asimiló relativamente rápido la religión cristiana, debido principalmente a las siguientes circunstancias:
1.    Presencia en su idioma de una misma palabra para identificar varios conceptos, como por ejemplo la palabra Kchuta que identificaba al mismo tiempo al dios cristiano Jesucristo, al templo cristiano de piedra, a la semana de siete días y al día domingo, todas ellas relacionadas con la nueva religión de los conquistadores.
2.     La Divinidad se manifestaba únicamente en el templo presidido por su agente: el sacerdote, quien controlaba el tratamiento de las enfermedades, el tiempo atmosférico y el culto religioso en el templo.
3.    Culto hacia los antepasados en un nivel superior al manismo propiamente definido.
4.    Exigencia de la Virgo Intacta para la mujer antes del matrimonio. 
Estas circunstancias se desarrollaban en el contexto de una sociedad agraria bastante avanzada tecnológicamente en comparación con las culturas caribes y Arawak del actual territorio venezolano.
En este sentido, los recientes estudios sobre el desarrollo de la agricultura en América han revelado el cultivo de la raza de maíz pollo por las tribus Timoto-Cuicas en la época pre-hispánica, lo que relacionaría a estos pueblos con las tribus agricultoras del noreste colombiano en una gran zona agrícola que abarcaría desde el sur de Centroamérica, el norte de Colombia y el occidente de Venezuela en lo que Sanoja y otros han convenido en llamar Zona de Semicultura Tardía (Sanoja 1981).
Al respecto, el citado autor sostiene:

“Es posible suponer que esta raza de maíz haya sido introducida desde Colombia hacia Venezuela, que la misma haya existido ya silvestre en el suroeste de Venezuela, o que hubiese sido introducida en ambas regiones a partir de un centro ubicado en el sur de centroamérica. En todo caso, el suroeste de Venezuela parece haber sido un centro importante del cultivo del Pollo, donde constituía, al parecer, el elemento dominante, visto la regularidad de su presencia en distintos sitios arqueológicos y la variada gama de ambientes y culturas donde se han hallado sus restos. ” (Sanoja, 1981: 104).

La introducción de este tipo de maíz en Venezuela podría fecharse hacia el 200 antes de Nuestra Era, ya que existe fuerte evidencia que éste pudo haber sido hibridado y domesticado hacia el 3100 antes de Nuestra Era en el sitio de lago Gatún en Panamá.
            Lo cierto es que el sistema productivo de las tribus Timoto-Cuicas se basó en una tardía semicultura que integraba elementos de una vegecultura tropical de altura.
Con respecto a la organización social, Briceño Valero afirma que entre estos pueblos se practicaba la  poligamia entre la clase sacerdotal y cacical, mientras que el pueblo llano ejercía la monogamia. Sin embargo, es importante señalar la institución monástica femenina en estas culturas. Estas vírgenes residían en edificios especialmente diseñados para sus labores, que se reducían al servicio religioso y al trabajo artesanal, cuando no eran llamadas al harén del cacique o del sacerdote.
Como se ha señalado anteriormente, la cultura Timoto-cuica era profundamente panteísta. Su divinidad por excelencia era el Chen o Ches, un ser espiritual misterioso, etéreo, distante y sobrecogedor. Divinidad aislada e inquietante, sin padre, hijos, hermanos, ni conyuge. Era asexual e inabordable. Jamás materializaba su presencia y su voluntad sólo podía ser conocida, una vez al año, mediante el éxtasis místico alcanzado por aquellos hombres con habilidades hipersensoriales llamados sacerdotes.
Ches era la expresión de la Fuerza Trascendente e Inmanente del universo. Un dios substractum que reunía las cualidades metafísicas de la geografía andina, es decir, de la sublimidad del abismo, la soberbia de las montañas y el silencio de los páramos. Base de todo conocimiento suprahumano, sin contacto ni presión sobre dioses secundarios. Era la quintaesencia de lo ininteligible, es decir, el misterio de lo misterioso.
Sin embargo, este extraño teluricismo de una cultura agraria como la andina, es inusual, más aún cuando se abandona intencionalmente a las divinidades báquicas, agrarias, por unas apolíneas, etéreas y místicas.
El Ches no compartía su naturaleza con ninguna otra deidad inferior. El resto del panteón andino se reducía a múltiples dioses trinos y hasta cuaternos representados en fetiches gorgónicos antropo y/o zoomorfos como el murciélago funerario Toutsú.
Sin embargo, todo este contenido mágico-religioso esconde una gran descarga afectiva que ha conmovido al hombre indígena. Éste cree firmemente en su participación metafísica en la esencia de todas las cosas y en la participación de todas las cosas en su propio ser. Esto se conoce como el Principio de mística participación o de Unión Interior, que establece una conexión co-esencial entre todos los seres.
A pesar de la enorme evidencia de actividad teísta en esta área cultural, muchos autores continúan identificando a los pueblos Timoto-cuicas como manistas, por el reiterado culto hacia sus muertos también llamados Kiskuyes o “señores de los páramos”, una relación que no oculta el teluricismo de estos pueblos y su visión evolutiva del ser místico y de la fertilidad del universo. Ser que nace de la fuerza fecundadora de la tierra, desde ella, oculto bajo ella, en su reflejo metafísico que es el vientre de la madre; que vive sobre ella y de ella a través del alimento que cultiva durante su vida, y que al morir vuelve a ella, al ser enterrado en túmulos de roca que conservan el cuerpo en un estado de semi-momificación debido a las condiciones climáticas, y que finalmente se eleva ante ella transformado en gloriosas montañas y páramos. Convertido finalmente en una deidad ctónica.  Esta elevación hacia lo apolíneo identifica también los valores místicos vinculados a la divinidad celestial.
El hombre andino vivía en preparación para su deificación, y en cierto sentido, la vida y la muerte no tenían otra interpretación que el servicio y la gloria. De esta forma el muerto, el dios y la piedra están presentes en todas sus actividades y en los fenómenos lingüísticos polisémicos que atribuían varios conceptos a una misma palabra.
En este sentido, la divinidad telúrica fecundante e inmanente de la Naturaleza, moría anualmente, por lo que los pueblos devotos se reunían en una comunión mística a fin de contribuir con la resurrección de su Señor. Esta contribución constituía el punto esencial del rito teísta, en donde el creyente hacía sacrificios de sangre (sacrificios humanos) para que a partir de ella, de la sangre derramada, el dios pudiese resucitar.
Pero también dicha comunión mística se realizaba en actos menos sangrientos como lo era la ingesta ritual de alimentos: el dios muere en el último grano de maíz, y resucita después de triturado y hecho pan, en la carne y sangre de quien lo consume.
Por lo anteriormente expuesto, no debe sorprender la relativamente rápida asimilación de los fundamentos cristianos a la cultura andina. Pues la cultura Timoto-cuica está dominada por el deseo de Salvación masculino, es decir, del Espíritu sobre la Sangre, de la Religión sobre la Magia. Eminentemente masculina, radicalmente patriarcal y viril.
            Al respecto, Antolinéz nos amplía:
“En el duelo sexual de las culturas complejas, la Mujer, la Mater, es la Sangre, la Materia Primordial. El Hombre, el Pater, el Totem, el Espíritu. Al duelo entre Sangre y Espíritu corresponde la lucha entre los nexos familiares biológicos contra los grupos religiosos espirituales representados por el ligamen totémico; entre la Magia y la Religión; entre el deseo de Seguridad Femenino y el deseo de Salvación Masculino. La Magia acalla el terror y exalta el impulso de potencia, puesto que es ya una técnica de dominación; la Religión aplaca la angustia del hombre ante una fuerza trascendente sobrenatural, única fuente para saciar el deseo de salvación del grupo” (Antolinéz, 1972)

Los Timoto-cuicas aborrecían la representación del impulso telúrico. Toda génesis está manchada de impureza y horror. Negando la matriz terrestre de toda vida y sustituyéndola por la naturaleza apolínea. No hay mayor evidencia de esto que el status de la diosa Chía en el panteón andino: una mujer desvergonzada, ebria y terriblemente cruel, representación de los más bajos instintos telúricos, sensual pero eficazmente mortal. Interesantemente Chía es la diosa de la luna, relación mística en todos los pueblos “primitivos” con la Materia Primordial, relación entre agua-luna-mujer.
A todas estas, las representaciones artísticas de los Timoto-cuicas reflejan de igual manera el contenido ideológico de su cultura.
Predomina en la lítica y en la cerámica los temas funerarios con usos evidentemente rituales, con abundancia de figuras con la imagen del murciélago Toutsú, dios de las tinieblas y los muertos; y la figura de la mariposa polilla o “pavón de noche” imagen del mal agüero.
Su arte fue ideoplástico e idealista con dominancia de la línea recta símbolo de la virilidad patriarcal, como también por las figuras cúbicas y el tallado lítico. Por su parte la cerámica, que en la mayoría de los casos es monocromática, tiende al uso de la línea curva y de las figuras ovaladas. 

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