miércoles, 14 de noviembre de 2012


RELACIONES CULTURALES Y RELIGIOSAS DENTRO DE  LA COSMOGONÍA AMERINDIA EN VENEZUELA
  
El ser americano originario ha sido tema de investigaciones y elucubraciones de todo tipo desde el momento mismo en que la civilización occidental se topó con él en su ansia por dominar todas las tierras del planeta. Interpretaciones estas que van desde las más desquiciadas hasta las más ingeniosas.
            En este sentido, el eminente escritor Antenor Orrego, enumera dos corrientes axiológicas y culturales en que se ha dividido el estudio científico de la sociedad americana originaria: una corriente vernácula, indígena o telúrica del Continente llamada por él  INDIANISMO; y otra corriente europea, o más bien occidental, foránea, llamada EXOTISMO.
            Ambas corrientes axiológicas encuentran su origen en un periodo de “arritmia”, correspondiente al periodo anárquico de la destrucción de las culturas  aborígenes ante la penetración occidental, y de reintegración continental en lo mestizo.
            En el Exotismo, la América –o sujeto cognoscente- derrama su Eros americano o Elan o ímpetu de simpatía sobre Europa. En el Indianismo este Eros se regolfa en el propio sujeto cognoscente, se vuelve hacia la propia América. Pues en el Exotismo el Sujeto (América) está dominado por el Objeto (Europa) que lo atrae psíquica y espiritualmente, y por tal causa los valores nativos quedan subestimados por y subordinados a, los valores propios de la cultura europea.
            Al respecto, Spranger en su Estudio sobre el Fenómeno de Contacto de Culturas, identifica la esencia del Exotismo en el efecto de Recepción o el interés inusual por todo lo exótico, especialmente si proviene de la cultura dominante, pues se trata de la identificación de los oprimidos con los opresores. Es la aplicación axiológica de la alienación socio-económica. El Exotismo rechaza radicalmente todos los elementos mágico-religiosos de la propia cultura para adaptarse a otra, en un verdadero holocausto ideológico ¿Sus cenizas? Un sincretismo tímidamente militante que intenta conservar parte de lo sacrificado.
            De la cultura opresora, se adoptan:
“…primeramente, por mero fenómeno de moda, ciertas formas externas, lenguajes, costumbres, estilos; en forma más lenta esas formas se van saturando de contenido espiritual y se produce una verdadera absorción del estilo vital de la cultura recibida; con variantes y con desfiguraciones, la nueva cultura se extiende por diversas capas sociales y alcanza en diversas medidas todas las formas humanas en que puede desenvolverse la actividad” (ANTOLINÉZ, 1972)

El autor no plantea que la alteración de los oprimidos a la cultura dominante sea por una decisión libre y placentera. Pues es un hecho la conversión forzosa de los indígenas americanos al cristianismo y los consiguientes imperativos que significaron la adaptación de la sociedad indígena a una sociedad de clases como la occidental. El autor se refiere a la aceptación, asimilación y fusión de estos elementos culturales a la cultura recipiente. Pues se puede ir a misa sin ser católico o usar pantalones queriendo estar con taparrabo. El verdadero fenómeno de Recepción se consuma cuando el oprimido busca y anhela los valores y las costumbres del opresor.   
En este sentido se puede tratar perfectamente a la corriente Exotista como una criatura filosófica gestada y alimentada por el imperialismo europeo, español en un primer momento y anglosajón posteriormente. Es decir, un remanente más o menos participante del aparato alienante  usado (y aún utilizado) para adaptar las necesidades de consumo y producción de los pueblos de América a las necesidades de mercado y exportación de los países opresores occidentales.
Por su parte el Indianismo busca la reivindicación de la cultura aplastada. Intenta rescatar la esencia, el Eros, y redirigirlo a su origen, hacia la América profunda y latente bajo el látigo imperial. Sin caer en revisionismos fanáticos, ni en una absurda “vuelta al pasado”.[1]
Sin embargo, vale aclarar que el Indianismo no se confunde con el Indigenismo científico. Este último se interesa principalmente en reconstruir la vida y descubrir los secretos de las grandes culturas desaparecidas, para luego exhibir las reliquias encontradas en los museos de las metrópolis opresoras. El Indianismo no niega ni subestima esta labor, más bien la promueve. Sin embargo, su interés primordial está en resguardar al indígena superviviente de la voraz rapiña occidental. Su esencia se halla en defender su patrimonio humano representado en sus costumbres, su lengua, su religión, y todas las manifestaciones sustanciales que dignamente le hacen gritar en silencio “soy diferente”, y en última instancia, resguardar la propia integridad física del aborigen, amenazada desde hace más de cinco siglos.
En este sentido, la imagen antropológica del indígena históricamente se ha debatido entre la subvaloración grosera, tenido como localizado inferiormente a su verdadero nivel inteligente, un animal en dos patas o un perpetuo infante digno de lastima; o el romanticismo científico,  peligroso cuando le hace heredero de supuestos secretos de super-civilizaciones antaño desaparecidas como la Atlántida o Mu, o peor aún de viajeros extraterrestres, sugiriendo la incapacidad técnica de nuestros aborígenes para construir maravillas como Machu-pichu, Teotihuacán o Tihuanaco.
Pensar en el indígena americano como un ser racional, según el típico racionalismo europeo, es tildarlo de inferior al no haber alcanzado los niveles de desarrollo tecnológico de los conquistadores. Pero si se le tilda de irracional, es probable calificarlo como seres humanos genéticamente inferiores, lo que sería muchísimo peor. Entonces, ¿cómo calificar al indígena? Para empezar la pregunta está mal formulada.
Miguel de Unamuno decía: “Sólo por la sublimación de nuestro propio tiempo y de lo correspondiente a nuestro propio lugar, es que podemos aspirar a llegar a ser universales”. El Hombre indígena es un ser humano ante todo, con sueños, metas, pasado, presente y objetivos para un futuro. Sin embargo, no es occidental ni debe tratársele como tal. Su visión del mundo viene definida por múltiples variantes que lo identifican y con las cuales él mismo identifica su entorno. Su racionalidad no obedece a los factores que utiliza el hombre occidental para enfrentarse a la naturaleza, y es desde allí donde debe estudiársele, aún más cuando se quiere explicar la esencia de sus creencias mágico-religiosas y los fundamentos de su axiología.
Es entonces cuando la indagación desde y hacia el indio debe sobreponerse al análisis del y para el indio.





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