RELACIONES CULTURALES Y
RELIGIOSAS DENTRO DE LA COSMOGONÍA
AMERINDIA EN VENEZUELA
El ser
americano originario ha sido tema de investigaciones y elucubraciones de todo
tipo desde el momento mismo en que la civilización occidental se topó con él en
su ansia por dominar todas las tierras del planeta. Interpretaciones estas que
van desde las más desquiciadas hasta las más ingeniosas.
En este sentido, el eminente escritor Antenor Orrego,
enumera dos corrientes axiológicas y culturales en que se ha dividido el
estudio científico de la sociedad americana originaria: una corriente
vernácula, indígena o telúrica del Continente llamada por él INDIANISMO; y otra corriente europea, o más
bien occidental, foránea, llamada EXOTISMO.
Ambas corrientes axiológicas encuentran su origen en un
periodo de “arritmia”, correspondiente al periodo anárquico de la destrucción
de las culturas aborígenes ante la
penetración occidental, y de reintegración continental en lo mestizo.
En el Exotismo, la América –o sujeto cognoscente- derrama
su Eros americano o Elan o ímpetu de simpatía sobre Europa.
En el Indianismo este Eros se regolfa en el propio sujeto cognoscente, se
vuelve hacia la propia América. Pues en el Exotismo el Sujeto (América) está
dominado por el Objeto (Europa) que lo atrae psíquica y espiritualmente, y por
tal causa los valores nativos quedan subestimados por y subordinados a, los
valores propios de la cultura europea.
Al respecto, Spranger en su Estudio sobre el Fenómeno de
Contacto de Culturas, identifica la esencia del Exotismo en el efecto de Recepción o el interés inusual por todo
lo exótico, especialmente si proviene de la cultura dominante, pues se trata de
la identificación de los oprimidos con los opresores. Es la aplicación
axiológica de la alienación socio-económica. El Exotismo rechaza radicalmente
todos los elementos mágico-religiosos de la propia cultura para adaptarse a
otra, en un verdadero holocausto ideológico ¿Sus cenizas? Un sincretismo
tímidamente militante que intenta conservar parte de lo sacrificado.
De la cultura opresora, se adoptan:
“…primeramente,
por mero fenómeno de moda, ciertas formas externas, lenguajes, costumbres,
estilos; en forma más lenta esas formas se van saturando de contenido
espiritual y se produce una verdadera absorción del estilo vital de la cultura
recibida; con variantes y con desfiguraciones, la nueva cultura se extiende por
diversas capas sociales y alcanza en diversas medidas todas las formas humanas
en que puede desenvolverse la actividad” (ANTOLINÉZ, 1972)
El autor no plantea que la alteración de los
oprimidos a la cultura dominante sea por una decisión libre y placentera. Pues
es un hecho la conversión forzosa de los indígenas americanos al cristianismo y
los consiguientes imperativos que significaron la adaptación de la sociedad
indígena a una sociedad de clases como la occidental. El autor se refiere a la
aceptación, asimilación y fusión de estos elementos culturales a la cultura
recipiente. Pues se puede ir a misa sin ser católico o usar pantalones
queriendo estar con taparrabo. El verdadero fenómeno de Recepción se consuma cuando el oprimido busca y anhela los valores
y las costumbres del opresor.
En este sentido se puede tratar perfectamente
a la corriente Exotista como una criatura filosófica gestada y alimentada por
el imperialismo europeo, español en un primer momento y anglosajón
posteriormente. Es decir, un remanente más o menos participante del aparato
alienante usado (y aún utilizado) para
adaptar las necesidades de consumo y producción de los pueblos de América a las
necesidades de mercado y exportación de los países opresores occidentales.
Por su parte el Indianismo busca la
reivindicación de la cultura aplastada. Intenta rescatar la esencia, el Eros, y
redirigirlo a su origen, hacia la América profunda y latente bajo el látigo
imperial. Sin caer en revisionismos fanáticos, ni en una absurda “vuelta al
pasado”.[1]
Sin embargo, vale aclarar que el Indianismo
no se confunde con el Indigenismo científico. Este último se interesa
principalmente en reconstruir la vida y descubrir los secretos de las grandes
culturas desaparecidas, para luego exhibir las reliquias encontradas en los
museos de las metrópolis opresoras. El Indianismo no niega ni subestima esta
labor, más bien la promueve. Sin embargo, su interés primordial está en
resguardar al indígena superviviente de la voraz rapiña occidental. Su esencia
se halla en defender su patrimonio humano representado en sus costumbres, su
lengua, su religión, y todas las manifestaciones sustanciales que dignamente le
hacen gritar en silencio “soy diferente”, y en última instancia, resguardar la
propia integridad física del aborigen, amenazada desde hace más de cinco
siglos.
En este sentido, la imagen antropológica del
indígena históricamente se ha debatido entre la subvaloración grosera, tenido
como localizado inferiormente a su verdadero nivel inteligente, un animal en
dos patas o un perpetuo infante digno de lastima; o el romanticismo
científico, peligroso cuando le hace
heredero de supuestos secretos de super-civilizaciones antaño desaparecidas
como la Atlántida o Mu, o peor aún de viajeros extraterrestres, sugiriendo la
incapacidad técnica de nuestros aborígenes para construir maravillas como
Machu-pichu, Teotihuacán o Tihuanaco.
Pensar en el indígena americano como un ser racional, según el típico
racionalismo europeo, es tildarlo de inferior al no haber alcanzado los niveles
de desarrollo tecnológico de los conquistadores. Pero si se le tilda de irracional, es probable calificarlo como
seres humanos genéticamente inferiores, lo que sería muchísimo peor. Entonces,
¿cómo calificar al indígena? Para empezar la pregunta está mal formulada.
Miguel de Unamuno decía: “Sólo por la sublimación
de nuestro propio tiempo y de lo correspondiente a nuestro propio lugar, es que
podemos aspirar a llegar a ser universales”. El Hombre indígena es un ser
humano ante todo, con sueños, metas, pasado, presente y objetivos para un
futuro. Sin embargo, no es occidental ni debe tratársele como tal. Su visión
del mundo viene definida por múltiples variantes que lo identifican y con las
cuales él mismo identifica su entorno. Su racionalidad
no obedece a los factores que utiliza el hombre occidental para enfrentarse a
la naturaleza, y es desde allí donde debe estudiársele, aún más cuando se
quiere explicar la esencia de sus creencias mágico-religiosas y los fundamentos
de su axiología.
Es entonces cuando la indagación desde y hacia el indio debe sobreponerse al análisis del y para el indio.
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